David Lynch y el horizonte de posibilidades

Fotograma de Mulholland Drive

En un mundo cerrado sobre sí mismo, no podíamos hoy irnos a dormir sin recordar a nuestro querido David Lynch, puesto que además es su cumpleaños. Aunque eso sea solo una excusa para recordarlo y agradecerle todo lo que hizo por el cine y el arte.

David Lynch era como una llave que abre un cerrojo. Un cerrojo que está atrapado sobre sí mismo. Lynch y su cine eran algo necesario, algo único y subversivo. Sobre lo descrito, el filósofo valenciano Martorell Campos argumenta que vivimos en una especie de cierre ideológico, donde la cultura y sus formas, en el capitalismo, se cierran sobre sí mismas para llevarnos al mismo punto de partida. No hay alternativa. Ese eslogan dichoso y mentiroso fue siempre resquebrajado por cada plano que Lynch nos ofreció.

Mark Fisher, otro teórico del cierre de horizontes políticos que se apuntalaba en nuestra cultura, decía sobre Lynch:

La división entre mundos suele estar marcada por uno de los motivos visuales a los que Lynch recurre con frecuencia: las cortinas. Las cortinas ocultan a la vez que revelan (y, de manera casual, una de las cosas que ocultan y revelan, en forma de telón, es la propia pantalla del cine). No solo marcan un umbral, sino que lo constituyen: son una salida al exterior (Fisher, p. 64).

Fotograma de Twin Peaks

Esa salida al exterior es la búsqueda incesante de nuestro tiempo. Un tiempo donde la ética y la responsabilidad con el congénere se difumina como un cuadro desgastado. En esta búsqueda de lo que debe y puede trascender al capitalismo, nos debemos inevitablemente enfrentar con lo extraño, con aquello que nos paraliza porque rompe con lo que habíamos falsamente naturalizado, aunque fuera permanentemente ideológico.

Este espíritu de lo extraño se encuentra en una de las películas más famosas de Lynch, Mulholland Drive, donde el debate sobre su significado es un ferviente laberinto de interpretaciones. Lo cierto es que, como también Fisher nos advierte, lo característico de esta película es su propia capacidad de extrañeza, su propia manera de ser un misterio en sí mismo:

En última instancia, Mulholland Drive se entiende mejor si pensamos que es algo que no está hecho para ser congruente. Con esto no quiero decir que la película nos dé vía libre para plantear cualquier interpretación posible, sino, más bien, que cualquier intento de atar los bucles y puntos ciegos de la película no hará más que disipar su extrañeza, su rareza formal. Aquí, parte de la rareza viene dada por el modo en que la película parece una versión «falsa» de las típicas películas hollywoodienses. Roger Ebert afirmó que «no hay solución. (...) Puede que Mulholland Drive sea la ilusión de un misterio. (Fisher, p. 64).

Sin embargo, si tengo que elegir una obra de Lynch, esa es su maravillosa serie Twin Peaks, donde se nos muestra una comunidad que parece perfecta y pacífica, aislada, una especie de Ítaca alejada de la vorágine de la modernidad, pero que en realidad esconde todas las vergüenzas sociales y oscuras de la sociedad y del alma humana. Y a través de ellas, Lynch nos conducirá mientras intentamos resolver el asesinato de Laura Palmer hacia donde siempre nos ha guiado, lo desconocido.

Fotograma de Carretera perdida



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