La fragmentación como efecto cultural del capitalismo tardío

La fragmentación como efecto cultural del capitalismo tardío

Gente en el metro a última hora de la tarde

Pequeños y dispersos como mantequilla para untar. Ese sería uno de los efectos culturales más singulares del capitalismo tardío. Que la forma mercancía lo cubra todo con sus abstracciones nos hace sentirnos extraños, angustiados, con falta de agencia sobre el porvenir cotidiano. La televisión (y para muches la realidad misma) nos escupe hacia guerras imperialistas, persecuciones al proletariado migrante, fronteras militarizadas, auge del irracionalismo y una falta de conciencia de clase que abruma.

Las imágenes nos bombardean desde el ciberespacio. El ciberpunk se ha convertido en nuestro nuevo paisaje: drones, robots, IA, magnates fascistas y un nihilismo envuelto en el neón de la desesperanza que trae consigo la despolitización más desesperante. Quizá, cuando hablamos de la fragmentación del sujeto, tan solo pretendemos describir cómo el capital nos estira cada átomo de la piel, introduciéndose entre nuestros tejidos, generando una parálisis cognitiva mientras un estímulo y otro y otro entra a través de la retina.

El capitalismo ha superado con creces a la razón. Es posible que eso se deba a su forma técnica por excelencia de inocular su ideología: la imagen publicitaria. Ya nos avisaba Guy Debord cuando nos describió la Sociedad del Espectáculo, donde la ficción construye una realidad mediática que desdibujaba lo empíricamente objetivable. Deleuze y Guattari también nos advirtieron sobre cómo el capitalismo dejaba de lado el calmado camino de la escritura para abrazarse a lo visual. En esa captación del deseo nos hallamos actualmente. Ninguno de los nombrados sería capaz de imaginar cómo el capitalismo iba a desarrollar un apéndice tan sofisticado que prolongaría nuestra función cerebral a través de la imagen. Así es, paradójicamente me estáis leyendo a través de él (me refiero al smartphone).

Esta es la fragmentación por antonomasia, el culmen del deseo capitalista: un pequeño dispositivo que portas prácticamente incorporado a tu cuerpo y que hace las funciones de una televisión, una radio, un teléfono, un buzón de correo y todas las nuevas vías comunicativas cibernéticas que ha permitido. En la mano tenemos un nuevo medio comunicativo y, como decía McLuhan, “el medio es el mensaje”. Y ese medio está controlado por los mayores magnates y acumuladores de riqueza que posiblemente la sucia burguesía haya tenido.

Es necesario entender que el panorama cultural, o al menos la producción cultural, es hegemónicamente el que se describe en estos brevísimos párrafos. Si nos vamos al reflejo dialéctico de este contexto en el mundo offline, lo que encontramos son distintas formas hijas del mismo efecto, pues esta separación entre lo on y lo offline en realidad no existe. La acumulación de capital, la generación de flujos transnacionales constituidos a través de fondos buitre que mercantilizan el espacio urbano, la crisis de legitimidad de la democracia burguesa, los barrios sin servicios, los metros y trenes abarrotados, las miradas pegadas al móvil cuando volvemos exhaustos del trabajo a las siete de la tarde mientras el autobús nos zarandea con un tenue vaivén. Todo forma parte de lo mismo: un sistema que tiene como principal objetivo la cancelación del futuro del 90 por cien de la población mundial.

Fácil es encontrar, si sabemos escuchar, cómo las voces de la propia cultura nos narran dicha desesperación. No es banal. No somos una generación de cristal. Habría que ser un auténtico demente o algo peor, un idiota, para no verse afectado por el mundo en el que vivimos. Así como el cantante canadiense Ekkstacy nos canta en su canción I walk this earth by myself:

Camino por esta tierra solo

I walk this earth all by myself

Estoy consumiendo drogas pero no ayudan

I’m doing drugs but they don’t help

Mi voz no es nada cuando pido ayuda a gritos

My voice is nothing when I’m screaming out for help

Estiro mi mano, pero mis fuerzas se acaban

I stretch my hand but my grip just gives out

La hedonia depresiva es el sentimiento cultural de nuestra época y de nuestra clase. Exhaustos y fragmentados por ese exceso de espectáculo publicitario y venta de placer paliativo; totalmente sobrepasados por nuestra derrota, por el rendimiento, por el individualismo, el mindfulness de placebo, la superficialidad, el egoísmo, la naturalización de la competitividad, la falta de pensamiento histórico, la falta de pensamiento crítico, la falta de lucidez, el miedo, la cobardía, la instrumentalización de los afectos por el fascismo. La soledad. Ekkstacy de nuevo nos lo susurra a ritmo de pospunk:

Nobody gives a fuck about me

Nadie se preocupa por mí

That’s what I think to myself when I’m alone in the city

Eso es lo que pienso para mí cuando estoy solo en la ciudad

I walk around the mall, but there’s nobody with me

Camino por el centro comercial, pero no hay nadie conmigo

What do I say when there’s nobody listening?

¿Qué es lo que digo cuando no hay nadie escuchando?

Pequeños, solos y dispersos. Eso es quizá lo que queramos decir cuando hablamos de la fragmentación. Sin embargo, no olvidemos que el realismo capitalista es un sistema que gasta cantidades ingentes de energía (las suficientes para meternos en una crisis climática) con la funcionalidad de mantenernos así. Quizá, por tanto, no sea tan difícil darle la vuelta a la situación. Quizá solo debamos canalizar a nivel político todo lo que compartimos a través del genuino deseo que nos debe unir: que cambien de una maldita vez las cosas.

Comentarios

Entradas populares