La marcha de nuestros pies cansados

 

La marcha de nuestros pies cansados

Un texto sobre recuperar la esperanza en la acción colectiva


Niño en una calle de Pakistán

Cuando somos niñes y miramos el techo de nuestra habitación, el pensamiento utópico se desborda desde la consciencia hacia mundos inimaginados. Somos pequeños simios contadores de historias. Somos naturaleza que se piensa a sí misma y, por tanto, se libera de las ataduras de las construcciones genéticas. Estamos determinados a determinarnos, pues tenemos la capacidad de hacer del entorno un hogar. Seguro que muches de las personas que leéis estas simples frases podéis recordar cuando os imaginabais de niñes mundos por explorar, estancias paradisíacas, aventuras insospechables, vidas increíbles bajo la luz de soles, cielos estrellados, galaxias o mares de belleza inconmensurable.

Vivimos en un sistema que presenta al pensamiento utópico como algo infantil, y no es casualidad; ya nada es casualidad en esta nuestra celda. El realismo capitalista construye realidad, y lo hace a través de la objetivación de la misma. Es decir, el realismo capitalista genera las condiciones concretas para que la única realidad posible (por tanto objetiva) sea la que vivimos actualmente. Frente a este mecanismo, todo lo demás cae bajo la alfombra de la utopía infantil. Demandar vidas dignas de ser vividas para todo el mundo se nos presenta como una quimera. Sin embargo, vivir una vida sin autonomía mientras el ecosistema planetario enferma se presenta como una causa objetivamente inevitable a pagar bajo los cadáveres que amontona la idea de progreso.

Estamos enfermos porque vivimos en una sociedad que nos enferma. Cada día caigo más en esa sensación de “bueno para nada” de la que Mark Fisher nos advertía desde una furibunda rabia de clase. No puedo describir lo tanto que me identifico con esa oración, con esa rabia. Es como si hubiera sido escrita desde una y mil manos a la vez, todas ellas compartiendo la losa de la antropología del perdedor que Pasolini nos animaba a reivindicar con orgullo.

Tan solo hay que alzar la mirada en el metro cada mañana. Mientras nos amontonamos entre estornudos, bostezos, legañas, ojeras, suspiros, ¿quién es el loco bajo esta vida proletaria impuesta? Mejor dicho, ¿quién en su sano juicio no enloquecería? Si algo nos enseñó Foucault, y en realidad también Kant, Spinoza y Marx, es a poner en historicidad las propias condiciones históricas que construyen el engranaje cultural que nos rodea, y que determinan categorías como la locura.

Las afecciones patologizadas bajo vidas invivibles son una manera de objetivar nuestra posición de subordinación frente a un orden impuesto. Ahora bien, dejémonos de impersonalismos: la sociedad humana no es un ente autónomo, aunque las inercias colectivas lleguen mucho más lejos que el actuar de nuestras manos respecto a la fuerza de la gravedad. La sociedad somos nosotros en acción y en interacción. La afirmación de que nos “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” quizá deba ser reconfigurada o, al menos, comprendida de otra manera. En la charla que tuvimos hace unos días con Alberto Toscano en el Centro de Teoría Postcapitalista, Toscano nos apuntaba cómo en general se estaba comprendiendo mal esta afirmación. Porque lo que hemos perdido no es la capacidad de imaginar, sino la confianza en nuestra capacidad organizativa. En otras palabras, hemos perdido la confianza en nuestra capacidad de transformar el mundo en el que vivimos. Es esta renuncia sobre nuestra agencia la que hoy arrastramos mucho más hondo; es seguramente esta desesperanza revestida de rendición la que hace de pegamento social de la subordinación en los centros de trabajo de todo el mundo donde la burguesía nos explota. Es una especie de nihilismo degenerado: al interiorizar que nada se puede cambiar, se interioriza también un estigma que nos constituye en forma de patología incurable. Un pensamiento que os reconozco me invade muchas más veces de las que me gustaría reconocer: “¿voy a tener que vivir esta vida de mierda hasta el fin de mis días?”.

No lo suelo hacer, pero en esta entrada clásica de blog, como las que antes hacía y creo que voy a retomar (pues aquí quizá haya más sociología que en los “textos objetivamente divulgativos”), os voy a contar alguna de mis experiencias. Pero tranquiles, que será la experiencia de muches, nos servirá de muestra representativa. Por desgracia, numerosas personas de las que hayáis llegado hasta este párrafo habréis conocido la llamada jornada partida. Algunes incluso la estáis viviendo aún. Mis pies fríos tocaban el suelo del cuarto cada mañana cuando el despertador sonaba a las 7:00. En el autobús, mis ojos aguantaban muchos días las ganas de llorar por esa vida que no iba a poder soportar sin enloquecer muchos años más. A las 20:00 horas, o incluso más tarde, mis pies, otra vez fríos, tocaban el suelo blanco de la superficie de la ducha mientras el agua caía a borbotones y los suspiros por vivir en un trabajo donde me trataban mal, me pagaban poco y donde pasaba más del 75 % de mi tiempo de vida al día eran largos y ensordecedores. Con el tiempo encontré otro trabajo, la precariedad sigue formando parte de eso que llaman mi salud mental, que está en términos médicos, muy deteriorada. Pero conseguí salir de un trabajo semi-esclavo, y eso resultó un alivio. Otres no tienen la fortuna de correr la misma suerte ni si quiera una sola vez en toda su vida.

Mi problema, al igual que muchos de mis amiges que estaban (y están) en situaciones iguales o peores, no era que no pudiéramos imaginar el fin del capitalismo. En realidad, tenemos algunas fantasías que a veces comentamos donde montamos una comuna en el campo, y cada uno tiene una función determinada respecto a su formación (o su carácter). El germen del afuera está en nuestra imaginación desde pequeños; lo que debemos recuperar es la acción de cambio, pues el espacio moldea la conciencia y viceversa. Si el espacio vital cambia, si nuestra manera de ser en sociedad se subvierte hacia formas diferentes, entonces nosotros también lo haremos. No nos queda otra: vivimos en la generación donde se nos canceló el futuro y debemos recuperarlo o, al menos, impedir que la distopía capitalista continúe; de hecho, las dos cosas van de la mano.

Fisher, que lejos de ser un deprimido que se regocijaba en su dolor como muchos acaban haciendo y mal comprendiendo en su obra, nos dijo esto mil y una vez, pero pocas más claras como el siguiente párrafo de su blog K-PUNK:

Participar en formas de activismo dirigidas a la interrupción logística. el capital debe sufrir graves inconvenientes y temor antes de ceder territorio o recursos. Puede simplemente esperar a que pasen la mayoría de las protestas, pero reaccionará cuando sus operaciones logísticas se vean amenazadas. Debemos estar preparados para que actúen con extrema dureza una vez que comencemos a hacer esto, utilizando la legislación antiterrorista para justificar prácticamente cualquier forma de represión. No jugarán limpio, pero esto no es un juego de críquet; saben que es una guerra de clases, y nosotros tampoco debemos olvidarlo jamás.

He reflexionado incontables horas sobre cómo hacerse fuerte de menos a más en un entorno que nos inmunodeprime. Y al final, la respuesta más coherente que se me ocurre es la más sencilla: generando espacios seguros, resilientes, redes que vayan precisamente de menos a más y nos empoderen para actuar. En esas redes puede volver a brotar, verde y vigorosa, como una semilla germinada después de un gran incendio que ha arrasado hectáreas de bosque, nuestra indispensable conciencia de clase. Y después de que consigamos eso, ¿quién sabe qué es posible?

Comentarios

Entradas populares