Los domingos: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».

Cartel promocional de la película Los domingos. 

Mientras parece que el mundo se cae en pedazos, me resulta inevitable pensar si es frívolo seguir haciendo crítica cultural. Pero también es cierto que no hay que rendirse frente a la apatía que nos causa vivir tiempos tan complicados. Reflexionando un poco más, llego a la conclusión de que lo que en realidad hay que hacer es una crítica comprometida. Y para eso debemos escoger bien nuestras obras artísticas. Pero, sobre todo, debemos preguntarnos las cuestiones correctas sobre nuestro tiempo sociohistórico frente a esas obras.

La ganadora del Goya a mejor película en este 2026, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, nos permite sin duda hacer este ejercicio. Si nos preguntamos de qué trata en realidad la película en su ámbito más estético, buscando las formas objetivas que quiere defender, no cabe duda de que Los domingos nos habla sobre la libertad.

Ainara, la protagonista, es una joven de 17 años con un futuro prometedor por delante. Ese futuro que tanto nos remarca la meritocracia como ideal: graduarse, hacer el selectivo e ir a la universidad a estudiar una carrera para, entonces, luego de ello, alcanzar la libertad de ser adulto. Sin embargo, contra todo pronóstico, decide iniciar el postulantado para hacerse monja de clausura.

Bueno, como os decía, entiéndase la ironía del párrafo anterior sobre la libertad del adulto (lo puntualizo porque estamos en mínimos históricos en cuanto a comprensión del pensamiento irónico). Los domingos trata de la libertad. Pero plantear esta cuestión en seguramente la sociedad menos libre de la historia de la humanidad; como nos decía Nietzsche “el mundo del último hombre”, es una especie de oxímoron en forma de matrioska.

La película, de forma un poco mágica, acabó generando un debate en el seno de la opinión pública del todo interesante y que, a su vez, ¡así es!, nos hablaba de la libertad. No fueron pocas las discusiones sobre si la película apoyaba o no apoyaba la decisión de la protagonista; si blanqueaba o no este tipo de casos en los que adolescentes inician procesos de reclusión voluntaria; si lo que hacía era un juego de imparcialidad; si se acercaba desde el laicismo, etc. Todo este nerviosismo público porque la película no nos decía de manera verbalizada cuál era la posición (que, por supuesto, tiene) destapa lo poco libres que somos.

¿Y por qué somos poco libres? Porque no sabemos mirar, y no me refiero a mirar como cuando nuestra abuela hace una paella cual imagen de postal perfecta para poner en un bazar de un barrio turistificado; no, me refiero a mirar con eso que tenemos debajo del cuero cabelludo.

Decía Spinoza que la libertad se obtiene a través del entendimiento, tanto de los afectos como de las formas sociales que nos oprimen. Y no ha habido una época en la que comprendamos menos sobre estos dos ámbitos.

Por hacer honor a la película, la historia deja las pistas cristalinas sobre cómo Ainara es manipulada a causa de una herida que no cierra; la soledad que siente en un entorno familiar que está traspasado por la muerte de la madre. Su padre, un auténtico idiotizado, un último hombre, como diría el histérico de Nietzsche (odio darle la razón; muchas veces ni siquiera la tiene), parece que ponga todas las baldosas necesarias para que Ainara acabe renunciando a la vida civil y termine postulándose a monja de clausura con tan solo 17 años.

Por otro lado, tenemos dos figuras en pugna, la tía Maite (Patricia López Arnaiz, Goya a mejor actriz protagonista) y Sor Isabel (Nagore Aranburu, Goya a mejor actriz de reparto). Las dos representan una feroz disputa por la libertad Spinozista, mientras que Maite usa la razón para comprender eso que spinoza llama los afectos (vamos a resumirlo aquí como la dimensión afectiva-emocional de una persona). Sor Isabel, por otra parte representa al pensamiento mítico, eso que el filósofo Marià Corbí bautiza como epistemología mítica. Este cuerpo narrativo-cultural nos permitió explicar, vivir y dotar de dimensión valorativa y ética a nuestras sociedades recolectoras-agrarias desde hace miles de años, pero sigue reproduciéndose en la actualidad, pese a que vivimos en sociedades cibernéticas.

Sor Isabel y la epistemología mítica gana la batalla, y Ainara acaba abrazando esa supuesta vocación, encerrándose voluntariamente bajo los muros de un convento.

Me gustaría preguntarle a Spinoza qué opina de la película, pero estoy seguro de que contestaría lo siguiente: «Llamo servidumbre a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues la persona, en este caso, sometida a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre ella llega hasta tal punto que a menudo se siente obligada, aun viendo lo que es mejor para ella, a hacer lo que es peor».

La derrota de Maite es quizá la derrota que ahora mismo estamos sufriendo, donde el irracionalismo nos cubre con una nube negra que ciega el pensamiento y la acción genuinos.

Una vida vivible es lo mejor para combatir lo que le ocurre Ainara que acaba buscando consuelo en la religión y no sólo en ella, porque quizá aquí sí habría un debate muy ilícito desde la razón (que lugar debe ocupar la religión en nuestras sociedades y como, con respeto, nos debemos relacionar con los infinitos pensamientos religiosos), sino en formas objetivamente opresivas y muy problemáticas como la clausura “voluntaria”.

El mundo nos acongoja con tanta fuerza actualmente que prácticamente toda buena película, como es Los domingos, nos va hablar de una manera y otra de ello. Perseguir las formas más cercanas a la verdad objetiva es la única forma de aproximarse a la libertad tanto individual como colectiva. Bien como incluso la Biblia nos recuerda: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».


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