Comunismo de los espíritus


Foto tomada en un jardín municipal en alguna ciudad del Mediterráneo, año 2026.


El poeta Firedrich Hölderlin fue el primero en acuñar el término comunismo a inicios de la Modernidad en un breve texto titulado Comunismo de los espíritus (1794). Es curioso saber que Hölderlin coincidió en su juventud con Hegel y Schelling, grandes filósofos de su época que empezaron sus andaduras, al igual que Hölderlin, en el seminario protestante de Tubinga. Entre estas figuras ya se asomaban los turbulentos ecos del futuro inmediato, donde el capitalismo se iba a consolidar como un nuevo sistema social ligado a la Modernidad, y, además, los movimientos obreros conformados en el socialismo utópico y posteriormente el marxismo iban a golpear la tierra reclamando el juicio justo que la violencia burguesa no podría evitar (aunque sí ganar).

Sin embargo, no es esto lo que quiero destacar hoy, o al menos no en parte, aunque me sea inevitable también hablar de ello; de la dialéctica y sus implicaciones; de la razón que intenta atrapar el movimiento en un método ineludible de comprensión de la realidad. La época del poeta que bautiza el sustantivo de “comunismo” es una época parecida a la nuestra, o esa sensación tengo al menos. El romanticismo, movimiento cultural al que perteneció Hölderlin, respondía de manera directa a la hegemonía de la razón. La tecnificación del mundo potenciado por la revolución científica hacía que el individuo humano se vertebrara en un racimo de prótesis tecnológicas; pronto se abandonaron los carruajes, los ferrocarriles dividieron la tierra y las personas resquebrajaron fronteras temporales que antes eran inimaginables.

Con las décadas los aviones empezarían a surcar el cielo, y en menos de un día podrías cruzar el Atlántico desde el centro de Europa a Nueva York. El humano le había tomado un pulso al tiempo, pero también se lo había tomado a él mismo, y el resultado de ese duelo era posiblemente un pozo insondable de incertidumbre. Las personas, aunque sí es cierto que peculiares en esta condición, seguimos siendo animales, nuestra relación con la vida en general se sostiene sobre una línea primordial: sobrevivir. No obstante, con el avance de la técnica occidental el sendero sobre la línea primordial se desplazó; el sujeto universal impuesto por el imperialismo capitalista, el hombre-blanco-burgués-heteronormativo1 se alzaba como un sujeto que superaba el estado natural del animal humano, para percibirse como un nuevo dios, amo de su destino, señor de la naturaleza. La idea de progreso constituía el relato mesiánico donde por fin, las sociedades humanas (consideradas tales desde el prisma imperialista únicamente a las metrópolis capitalistas), dominan el entorno a su antojo, así es como se conforma una deidad que modifica, extrae, corta, aprovecha y consume su realidad material. Y en cierta manera, es posible que algo (poco o mucho dependiendo del planteamiento) de eso exista en el proceso de conformación de las revoluciones industriales y la Modernidad. Sin embargo, paralelamente existió una especie de maldición, un precio a pagar por convertirnos en Prometeo, y es que la misma técnica que nos permitía controlar la naturaleza también nos exigía una ética al nivel de los dioses, o mejor dicho, al nivel de todos los mortales.

Adorno y Horkheimer bien nos lo describieron en La dialéctica de la ilustración2 cuando nos advertían de que: El proceso de Ilustración es, pues, un proceso de desencantamiento del mundo que se revela como un proceso de progresiva racionalización, abstracción y reducción de la entera realidad del sujeto bajo el signo de dominio, del poder. En cuanto tal, este proceso que quiso ser liberador estuvo viciado desde el principio y se ha desarrollado históricamente como un proceso de alienación y cosificación.

La ciencia y su mundo de racionalidad que nos liberaba como hace miles de años lo hizo el surgimiento de la agricultura, vertebrada bajo el capital, nos lanzaba una nueva soga al cuello: ¿Seríamos capaces de estar a la altura de la complejidad social que íbamos a desatar? Mark Fisher en su materialismo gótico3, ya en el segundo milenio, explicaba las consecuencias de abrir las puertas de nuestro ser a aquello que no tenía vida, o no al menos como nosotros. La tecnología era una extensión de nuestra propia ontología objetivada que prolongaba nuestra manifestación comunicativa y de acción de manera exponencial, desatando así procesos autónomos de manera nunca antes vividos. Además, la reproductibilidad técnica de imágenes y símbolos como la fotografía, la radio, la televisión, el cine… dotaba de un chute de anabolizantes a lo simbólico. En dicho contexto, dejarnos llevar por la sensación de falta de agencia era tentador. Sin embargo, aquí seguimos, y aunque la complejidad de los procesos sea profunda y oscura como el azabache, no dejan de ser causados por nuestros actos, como ahora se observará.

La memoria se destapa en este punto como una nueva frontera a la que adentrarnos. Las memorias del mundo ahora, en la época cibernética, se amontonan entre el espacio físico y el espacio online: ¿Cuál será la memoria del mundo de aquí a doscientos años? ¿Permanecerán los textos de Hölderlin? ¿Cuántas entradas de blogs con poemas serán borradas y cuántas perdurarán? ¿Cuál será el final de este texto que yo escribo y tú lees? ¿Qué cantidad de acceso a nuestro imaginario colectivo tendremos si el almacenamiento de datos logra permanecer en tan solo un 10% de todo lo generado en Internet? Un archivo simbólico-memorístico inabarcable, una fotografía de nuestra cultura, una y miles, conectadas a nivel planetario. Sin embargo, en la memoria también hay un ejercicio de poder, no olvidemos la situación actual del mundo online y de la tecnología cibernética, totalmente supeditada a los intereses de la minoría burguesa. Resuena aquí, de esta manera, de nuevo, la pregunta de Hölderlin: ¿dónde quieres encontrar una comunidad, el comunismo? Me pregunto además, ¿qué tipo de memoria vería un alguien del futuro si visitara nuestro archivo actual? Se encontraría posiblemente con los ejercicios del poder supremacista occidental: propaganda fascista, mercantilización, contenido sintético y publicidad como símbolo unificador de una sociedad secuestrada por las inercias que hemos visto antes llevadas a sus últimas consecuencias.

El progreso occidental secuestró la memoria y, por tanto, secuestró a la comunidad, porque no hay nada más importante dentro de una comunidad que la memoria. Walter Benjamin era consciente de ello y se posaba sobre aquellas luciérnagas que alumbran los márgenes de la historia, se posaba frente a la memoria del esclavo, el pisoteado, el derrotado. Parafraseando de nuevo a Hölderlin, ¿dónde está el puente que traiga tantas cosas magníficas de aquellas tierras hasta nosotros? Pues es la luciérnaga una tierra lejana que puede llegar a ser. Es esa luciérnaga un camino hacia el postcapitalismo.

Pero Hölderlin se pregunta, al igual que el romanticismo, sobre cómo hacer frente al cambio en la esencia humana. El problema de los románticos es la angustia que les sucede al no aceptar que la esencia humana es histórica. No es casualidad que en el párrafo de arriba estuviéramos hablando de la memoria. La técnica, el lenguaje, la capacidad física-corporal de modificar el entorno es una propiedad biológica del humano. Dicho de otra manera, somos biológicamente seres culturales y eso nos libera en cuanto a nuestra esencia. Una y cien memorias, una y cien vidas y una y cien sociedades diferentes podemos proponer y crear. Por tanto, aunque en este texto no se defiende un espíritu trascendente, pues escribimos desde un estricto ateísmo, si algo puede asemejarse al espíritu humano es la historia.

Lo bueno de la historia es que somos nosotros mismos, precisamente, en comunidad. Lo malo es que en la actualidad, con un sistema social hiperconectado e interdependiente donde más de 8000 millones de personas entrelazan su existencia, la historia se puede difuminar como un ente autónomo. Sí volvemos a los románticos como Hölderlin, podemos ver los efectos de este mismo proceso de pérdida de agencia que tanto les asustaba. La conformación de la Modernidad destapó ya en el siglo XIX dos principales problemas; la ruptura con la naturaleza como frontera que conformaba nuestro sujeto de entonces, llamémosle así, heredero del feudalismo, y la sensación de una pérdida de autonomía por una división social del trabajo, una tecnificación y una narrativa científica que, resguardada desde la racionalidad, imponía una objetivación del mundo. En otras palabras, un paradigma de conocimiento total que se vertebró con el proyecto ilustrado liberal y acabó naturalizando el sistema productivo que componía su estructura; el capitalismo. De esos barros surgieron figuras literarias como el Frankenstein de Mary Shelley, que dialogaba con la restructuración del sujeto en un mundo donde el científico era un nuevo dios, y la metáfora de Marx sobre el vampiro y el capital, donde El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuando más trabajo chupa.

En ese momento las problemáticas hoy potenciadas por la cibernética y la mercantilización material, simbólica y cultural del capitalismo tardío ya se habían desatado. En estos diferentes enunciados se escondía la cuestión filosófica de nuestro tiempo actual, formulada por Fredric Jameson: Parece que nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la Tierra y la naturaleza que el derrumbamiento del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad en nuestra imaginación4.

Está debilidad está relacionada con el espacio, con el tiempo, y cómo esas dos dimensiones han sido desplazadas del seno de la autonomía política de la clase trabajadora. Por tanto, recuperar la imaginación más bien pasa por recuperar nuestra capacidad de actuar. Si antes hemos comentado que el espíritu del humano es la historia, ¿cómo no vamos a sentir una especie de crisis espiritual cuando no tenemos agencia sobre ella? Sin embargo, aquí cabe añadir otra cuestión; ¿esto es a causa de la técnica y las tecnologías que se inician en la Modernidad y acaban en la revolución cibernética? Desde la presente reflexión planteamos un rotundo no. La agencia de la comunidad humana, que no es otra que la comunidad del proletariado internacional y planetario con todas sus diversas formas y dimensiones (etnicidad, racialidad, identidad de género…) está en horas bajas porque la agencia sobre la técnica, la tecnología, la producción y la cultura recae sobre otro grupo de personas, que aunque tienen la suerte de quedar ocultas bajo los mantos ideológicos, no son otras que los burgueses.

Si recuperamos la agencia recuperamos la comunidad. Porque ahora estamos en una terrorífica paradoja; jamás podremos ser una comunidad si estamos gobernados por un ente externo a nuestros intereses. Volviendo a Hölderlin: La forma en este sentido es lo único que puede ofrecernos, adentro de nuestras relaciones, un punto de comparación, puesto que la materia siempre es algo ya dado. La forma empero es el elemento del espíritu humano, en cuyo seno actúa la libertad como ley y se hace presente la razón. Reconstruyendo las preocupaciones del poeta alemán, totalmente avasallado de ver cómo el humano se alejaba de la naturaleza frente a la Modernidad, ahora, en el 2026, nos vemos igualmente avasallados al estar tan alejados de la concreción de la forma comuna. La democracia liberal se resquebraja sobre nuestros pies, los paisajes urbanos se alzan como nuevos espacios de lo sublime, donde el individuo se hace pequeño cual hormiga y una nueva naturaleza capitalista permea la realidad. En este punto, sobre cómo rasgamos este tupido velo recaerá el problema de nuestro tiempo. Sobre cómo proponemos la forma comuna sin acabar en los errores totalitarios del pasado. Y en cómo nos reagrupamos frente a una violencia que está siendo atroz y se intensificará si recuperamos más grados de agencia. El gran problema de la forma es la ética, la responsabilidad conforme al otro como igual, es quizá en ese estadio donde tenemos el gran reto para virar hacia vidas que no tengan ni el acceso a la comida, la vivienda, la ropa, la salud y la cultura mercantilizados. Ahora parece una utopía ingenua, pero en realidad lo ingenuo es vivir, como Hölderlin ya presentía, en un mundo donde el espíritu humano se desvanece bajo un entramado histórico que oscurece todo lo bello y justo que en él podemos conformar.


“Tu me entiendes, no me pregunto por lo que ese tiempo nos ha dejado, no pregunto por la materia muerta sino, si así lo quieres por la forma en la cual eso sucedió. Pregunto por aquella energía, que pareció perderse en lo infinito, y que, sin embargo, también en concordaba con el punto central, y mantenía firme en cada variación el sonido de la melodía originaria. La forma en este sentido es lo único que puede ofrecernos, adentro de nuestras relaciones, un punto de comparación, puesto que la materia siempre es algo ya dado. La forma empero es el elemento del espíritu humano, en cuyo seno actúa la libertad como ley y se hace presente la razón (Venunft). Compara ahora ese tiempo y el nuestro ¿dónde quieres encontrar una comunidad, el comunismo? ¿Dónde el puente que traiga tantas cosas magníficas de aquellas tierras hasta nosotros?

¿Dónde está aquel espíritu piadoso y fuerte, que levantó las iglesias, que fundó las órdenes, todo como desde manantial? ¿Ese que se elevó desde un punto medio sobre el mundo de entonces, y sometió todo a su inteligencia y fuerza?”

Firedrich HölderlinComunismo de los espíritus, años 1794.

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Dialéctica de la Ilustración (en alemánDialektik der Aufklärung) es una obra de filosofía y crítica social escrita por los filósofos de la Escuela de Frankfurt Theodor Adorno y Max Horkheimer, y publicada por vez primera en 1944. Una versión revisada apareció en 1947.

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https://comunizar.com.ar/mark-fisher-realismo-capitalista-trabajo-onirico-desorden-la-memoria/

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