Contra el sujeto capitalista: hacia una ontología de lo común, de lo ciborg, de la forma comuna
| Fotograma de la serie Westworld |
Ayer debatía con mis alumnas sobre el término ontología, ninguna lo había escuchado antes, y una vez definida a través de la típica explicación de diccionario: disciplina de la filosofía que estudia todo aquello relacionado con el ser y la naturaleza de la realidad; una de ellas, de manera bastante acertada, comentó que siguiendo esta premisa la ontología era entonces la lucha por significar todo.
Es cierto, de hecho, vivimos una lucha ontológica sin precedentes en esta época a la que algunos bautizan como el capitalismo tardío1. Sobre la naturaleza del ser y, por tanto, sobre la naturaleza de lo que somos han habido infinitas interpretaciones. Sin embargo, recordar el mantra que siempre solemos usar de muletilla en este espacio: la cultura no brota del aire sino que es algo inmanentemente material. Por tanto, la significación de la realidad siempre hace referencia a la materialidad y, además, también sabemos que la materialidad se configura a través del choque de fuerzas, del conflicto. En la colisión de lo social el poder permea, moldea, significa y se lleva el gato al agua en el plano ontológico. En otras palabras, lo que se es (o al menos gran parte de ello) se impone a través de la fuerza, la normalización, incluso la violencia de todo un entramado estructural e institucional.
Bien, cojamos aire en esta parte, pensemos por un momento, si lo que significa ser humano es aquello que nos encorseta dentro de ciertos parámetros de reconocimiento identitario y social, pero no hemos parado de cambiar como especie y como sociedad desde el año uno de nuestra existencia, eso solo significa una cosa sobre el diamante que se oculta dentro de la matrioshka2 de la ontología, la esencia. Si la esencia del supuesto ser humano es cambiante y no estática, podemos afirmar precisamente que la esencia del humano es ser un devenir constante. Las personas somos seres históricos y si algo traspasa a la historia es el tiempo; y si algo traspasa al tiempo es el cambio continuo.
Si nos vamos a términos físicos y nos tomamos la licencia de emplearlos para esta reflexión, podríamos afirmar que el principio rector de nuestra realidad, y también de nuestra sociedad es la entropía. La entropía básicamente es una magnitud física de la termodinámica que mide el grado de desorden molecular dentro un sistema determinado. El cuerpo humano está sometido a la entropía, de hecho, el cuerpo como sistema es un todo interconectado de células y tejidos que utilizan la energía para generar un orden determinado que nos permite seguir vivos y tener conciencia sobre nosotros mismos en el proceso. Sí este ejercicio lo traspasamos a la muerte, entendemos que puede existir una conexión en cómo nuestro cuerpo empieza a realizar, con el tiempo o a causa de una enfermedad, un camino hacia el desorden y, por tanto, empieza a verse afectado por la entropía que termina por desordenar todo nuestros sistema biológico, devolviendo así las moléculas que nos conforman al agua, la tierra y el aire de donde surgieron.
Qué el devenir, el desorden, pero también la interconexión de toda una realidad material dice sobre nuestra esencia es aún mucho más evidente si nos desplazamos al ámbito técnico-tecnológico. De hecho, la técnica y la tecnología son propiedades innatas y biológico-culturales del animal-humano. Somos animales que por su capacidad de significación, su capacidad lingüística, su capacidad de pensamiento y sus propiedades corporales se relacionan con el medio a través de la técnica, pudiendo modificar el entorno mediante artefactos tecnológicos creados por nosotres mismes. De ahí que la historiografía de nuestra especie suele catalogar las eras históricas relacionadas con la tecnología que predominó y que modificó de maneras diferentes las sociedades (y nuestra esencia como ser vivo); la edad de piedra, la edad de bronce, la sociedad industrial o la actual, el capitalismo cibernético.
Hoy en día, la cibernética es la disciplina que articula la técnica y las tecnologías humanas. No obstante, la técnica y la tecnología no son cosas separadas que van por ahí haciendo sus tejemanejes de manera autónoma, sino que son sistemas integrados en toda la estructura social que se reproducen y producen de manera histórica, actualmente siendo este contexto el capitalismo. Cuándo hacemos referencia a que estamos ahora más que nunca viviendo en una sociedad planetaria, nos referimos a que estamos en un sistema social que por primera vez teje un cuerpo sistémico que interconecta a todo el planeta tierra. Lo descrito solo se puede entender a causa de cómo la cibernética se articula con el capitalismo.
Grosso modo, el capitalismo se puede definir como una relación social que tiene en su lógica un motor de fusión que se alimenta del movimiento y la revalorarización constante de capital, es decir, de valor-dinero. Para ello necesita siempre nuevos mercados, infinitos recursos, la explotación del proletariado, nuevos productos y un exponencial beneficio. Quizá así, entre lo metafórico y lo económico-político se comprenda aquello que decía Marx: “El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo chupa3.”
La interconexión entre toda la realidad es un hecho. Además, la funcionalidad parasitaria del capital como un agente alienador4 también. En el párrafo anterior se destapa una lógica más aterradora que Drácula, y es que si el capital actúa como un agente que acelera la entropía, como bien vemos a través de sus guerras, violencias y crisis climática planetaria, o hacemos que cambie o nos llevará al desastre. Aquí llega uno de los grandes retos que la cibernética nos ha lanzado al igual que el fuego fue lanzado a Prometeo. El padre de la cibernética Norbert Wiener, nos advertía hace deácadas sobre ello: “Hemos modificado nuestro entorno tan radicalmente que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para poder existir en este nuevo entorno. Ya no podemos vivir en el antiguo5.” Un entorno que, como os decía, es más interdependiente que nunca ya que la cibernética “es el estudio científico del control y la comunicación en el animal y la máquina6” potenciando así la conexión planetaria entre toda la materia que le da forma y vida.
En este parámetro histórico que nos encontramos queda claro que es suicida y absurdo vivir bajo los designios de una democracia burguesa que gobierna bajo los miopes y explotadores ojos de la clase capitalista. El nuevo mundo cibernético nos exige todo un sistema social de carácter comunal que articule esta interdependencia potenciada. El único lugar seguro para la mayoría de especies del planeta es el lugar del gobierno de lo común. La forma comuna que nos lleve hacia una democracia donde los ecosistemas, los cuidados, el acceso a la comida, a la vivienda, a la cultura y, en general, a vivir, no estén mercantilizados.
Pero además, para ello deberemos articular todo un proyecto de clase donde juntemos las fragmentadas piezas de nuestras una y mil esencias ontológicas. Debemos dar muerte al sujeto cartesiano. Debemos combatir el sujeto capitalista heteronormativo burgués. Como la filósofa Margot Rot nos explica: El término cíborg ampara así a todos aquellos sujetos que no se sienten cómodos con el término humanidad por las acusaciones dictatoriales bajo las que dicho término ha subsumido a ciertas identidades, desplazándolas al margen de la representación sociopolítica en virtud de un concepto de humanidad que se unge, en realidad, en los intereses de un sistema y de una historia patriarcal, blanca, cisheteronormativa burguesa7.
Las identidades queers, trabajadora, colonizadas que han sido oscurecidas, oprimidas y vilipendiadas son aquellas luciérnagas que aún resisten en la opaca y normalizada oscuridad del capital, posar nuestra mirada y nuestra acción sobre ellas, atrayendo toda la luz posible hasta que un nuevo camino histórico se haga transitable es nuestra única opción frente a la enmarañada telaraña capitalista donde parece que nada podemos hacer. No olvidemos, ni por un segundo, que todes podemos ser una luciérnaga en medio del devenir de la historia. No olvidemos, ni por un segundo que “el capitalismo es como un globo ocular enfermo en el que se perciben perturbadores flashes de luz, o como en esos rayos solares barrocos, en los que los rayos de otro mundo de pronto irrumpen en el nuestro y se nos recuerda que la utopía existe y que otros sistemas, otros espacios, todavía son posibles8”.
Aunque en el Centro de Teoría Postcapitalista preferimos llamarla Cibercapitalismo o Capitalismo Cibernético.
Una matrioshka (en ruso: матрёшка /mʌˈtrʲoʂkə/), también llamada en español muñeca rusa, es un conjunto de muñecas tradicionales rusas creadas en 1890; su diseño alberga una muñeca dentro de otra y así sucesivamente durante un nuevo considerable de veces.
El Capital (Tomo I, pp. 179).
Que nos despoja de agencia, que se presenta como natural bajo inercias supeditadas a los intereses de la burguesía, convirtiendo un sistema histórico en un proceso aparentemente y falsamente autónomo. La naturalización de las relaciones sociales, políticas y económicas del capitalismo nos lleva a vivir una vida enajenada, ya que la mayoría de la especie humana no tiene libertad para poder decidir las condiciones de producción y reproducción de la realidad social.
“The Human Use of Human Beings: Cybernetics and Society” 1950.
Idem.
Margot Rot, Infoxicación. Identidad, afectos y memoria; o sobre la mutación tecnocultural, 2023. Página 172. Editorial Paidós.
Fredric Jameson, Valencia de la dialéctica, 2013.









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