The Drama y el miedo a desvelarse

 

Fotograma de The Drama

El drama. Solo con el título seguramente podríamos ya realizar toda una serie de disertaciones hacia el infinito. Porque ¿quién de los presentes no vive su vida, aunque sea a veces, como un drama? Las manos que golpean el teclado que escribe el presente artículo a las doce de la noche, después de ver la película protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson, son las manos de un dramático, ya os lo advierto.

Para poneros en contexto a los que no hayáis tenido la suerte (mirarla, vale la pena) de ver The Drama, esta historia nos cuenta los días previos a la boda de una encantadora pareja de Boston. Ella, Emma, trabaja de editora literaria; él, Charlie, es el director de un museo de arte en Cambridge. Nuestros protagonistas del romance se conocen en una cafetería, donde él torpemente finge haberse leído el libro que Emma tiene junto a su café. Desde ese momento, y en los próximos meses, se enamoran. Emma es divertida, Charlie inteligente y atento; además tienen una gran química sexual y, por tanto, se nos dibuja rápidamente una boda canónica en el horizonte.

Sin embargo, no iba a ser todo tan fácil. ¿Dónde estaría el drama, no? El cisma entre estas dos personas es traído por una revelación, cuando Charlie y sus mejores amigos descubren a través de un aparentemente inocente «juego» (en realidad es jodidamente perverso) las peores cosas de cada uno; ya que en eso consistía la conversación: desvelar qué es la peor cosa que has hecho en tu vida desde un punto de vista moral. La sorpresa llega cuando Emma confiesa que de adolescente fantaseó e incluso robó el rifle de su padre durante unos días mientras planeaba realizar un tiroteo en el instituto.

¿Es Emma una psicópata? ¿Es una asesina? ¿Puede ser alguien algo sin serlo, solo por pensarlo? Estas cuestiones rondan a un histérico Charlie, que no puede asumir el conocimiento que se le ha desvelado y termina en un estado paranoide que va en aumento durante los siguientes días (que maliciosamente es bastante divertido en la película).

El director, Kristoffer Borgli, a través de su planteamiento dialoga con ciertas aristas inquietantes de nuestro presente. En concreto con la sociedad panóptica que Foucault nos describía. Es escalofriante preguntarse detenidamente: ¿qué grado de perfeccionamiento ha adquirido en la actualidad el mundo panóptico? Y lo que es aún peor, ¿la consolidación de dicha sociedad panóptica ha ido indisolublemente ligada a un auge del punitivismo y el linchamiento? Como veis, la película me ha suscitado muchas cuestiones. Y el tema del punitivismo es algo que las posturas de izquierdas, incluso las más concienzudas y trabajadas, deberían atender con sumo cuidado.

Decía Lefebvre que el fascismo envilece; no olvidemos que vivimos en una atmósfera donde la pulsión fascista crece y crece. La sed de juicio moral flota sobre nuestros deseos más cristalinos y eso, por supuesto, va en contra de una concepción subversiva y antiesencialista. Emma, que actuó mal en su adolescencia, paga una pena por sus actos (más bien por sus pensamientos) de cuando era una adolescente. Y la condena que se le aplica sin juicio previo es la negación del amor. En cuanto Emma desvela su secreto más oculto, Charlie es incapaz de seguir a su lado con normalidad, no porque no la quiera, sino porque los juicios morales le avasallan bajo una mirada claramente construida desde la creencia ontológica de que las personas no pueden cambiar y, por tanto, sus pensamientos y actos les condicionan para siempre.

No obstante, The Drama también transita hacia un interrogante quizá aún más complejo: el amor. Uno de los temas por excelencia de la humanidad. Diríamos que actualmente, de hecho, vivimos una crisis civilizatoria traspasada por un sistema que canibaliza el amor. Sin duda no es una postura que debiéramos dejar pasar a la ligera para comprender todo aquello horrendo que nos rodea y que surge de nuestros actos.

La entropía tiene algo de perverso, por mucho que algunos digan que de hecho es este principio de desorden y finitud lo que le da sentido a aquello que llamamos vida. ¿Cómo afrontamos el grado de injusticia que se esconde en el hecho de morir? El amor responde a ello con la mayor fuerza que puede responderse a una noción tan absoluta, que incluso podría ser la única realmente divina. El amor, en ocasiones, logra capturar un instante de lo absoluto, y al hacerlo lo convierte en eterno. ¿Y qué es una boda sino acaso el intento de ritualizar dicha cualidad del amor? En esa noche el tiempo se para, el devenir de la entropía, por un segundo, recibe un puntapié certero; casi podría deciros que es un golpe de dignidad que el humano propina frente a la crueldad de la muerte. En una boda te abrazas con tus seres queridos y comprendes que, aunque tengan y tengas miles de imperfecciones, has coincidido con ellos en la inmensidad del tiempo y ahí, en ese momento, junto al otro que amas (tanto en singular como en plural), consigues frenar el inmisericorde tiempo.

Las bodas en España han tenido un incremento del 8,33% respecto al año anterior. No es casualidad; después de lo expuesto, seguramente estaréis de acuerdo en que en un mundo que se desmorona, donde el capitalismo se ha aliado con la entropía para acelerar el fin, buscamos certezas, anhelamos parar el tiempo, nos refugiamos en rituales basados en el amor (sí, ya sé lo que hay detrás de las bodas y el amor romántico, no entraré hoy en ese debate, podéis castigarme por ello). The Drama rescata esta realidad, desde luego, y tiene un final realistamente optimista, porque en los juicios sobre el otro y sobre nosotros mismos siempre podemos cambiar de opinión, comprender, perdonar y amar en un mundo donde el verdadero drama es pensar que no podemos hacer las cosas por y con el otro de una manera diferente.

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