Odisea inversa, nuevas Ítacas (y el verano que no llega)
El lunes pasado di positivo en COVID. Los huesos se me entumecieron por la noche, después de un día donde había hecho bastante ejercicio. 39 grados de fiebre. Tenía una PCR caducada del año 2024 en el armario, me hice la prueba, dos rayas que según el prospecto eran evidencia irrefutable de mi positivo en el temible (al menos antaño) virus. Tuve que esperar unas 5 horas en casa porque en la localidad donde vivo han quitado las urgencias por las mañanas debido a los recortes. Una vez el médico visita me confirma: “tienes COVID, suele durar una semana, si en tres días no mejoras y notas ahogo o fatiga debes ir al hospital. Ah, te puedo dar 48 horas de reposo, pero no puedo darte la baja”.
Mientras Europa se adentra en su segunda ola de calor consecutiva. En la televisión lo presentan como algo climáticamente extraordinario, “de récord”, en ocasiones hablan del cambio climático, o incluso del calentamiento global, pero para nada, bajo ninguna excepción, cero, la nada absoluta, nombran al capitalismo. Las playas en España, mayoritariamente la costa mediterránea y las islas (tanto baleares como canarias) empiezan a abarrotarse de turistas, principalmente europeos, que vienen a dorarse al sol, emborracharse y hacer un poco más invivibles las ciudades turistificadas. Hoy domingo, cuando escribo este texto y ya estoy casi recuperado del COVID, me he bañado por primera vez en el mar. Volviendo con la bici por los caminos del río hacia mi casa me ha llegado esa sensación de verano ligada a la nostalgia de cuando era pequeño y el verano era sinónimo de una vida distinta, más mía, sin obligaciones ni imposiciones. Un tiempo donde verdaderamente tenía agencia sobre mi acción (aunque fuera momentáneo).
Durante estos días he estado reflexionando sobre muchas cosas, la fiebre del COVID, la ansiedad crónica y los +30 grados en casa desde hace 7 días no ayudan a tener la mente tranquila. Algunas de las preguntas que me asaltaban tenían un cáliz claramente negativo: ¿sirve de algo?, ¿sirve de algo Sociología Inquieta?, ¿sirve de algo militar?, ¿sirve de algo dedicarle tanto tiempo a espacios y proyectos postcapitalistas?, ¿sirve de algo en esta cancelación del tiempo?
Creo que dentro de estas dudas pesimistas, que son más habituales de lo que a muchos nos cuesta reconocer, existe inserto, como un parásito, la ontología de la productividad. Es algo bastante contradictorio relacionarse con pensamientos productivos y capitalistas para construir mundos postcapitalistas. Deberíamos recoger la lectura republicana de Marx, y dentro de ella la lectura de Paul Lafargue de El derecho a la pereza. No se trata tanto de defender los intereses del proletariado sino de abolir por completo la noción de proletariado. Aunque el proletariado no es una noción, ahí la dificultad, es una categoría objetiva y material. Sin embargo, sí que debemos, dentro de la lucha por la vida de la clase trabajadora, poner en el centro las demandas que no sean solo reactivas, sino propositivas, y esas demandas pasan por desmantelar aquello que da fuerza al trabajo asalariado como eje central de la vida del ciudadano.
El amor y el verano son dos dimensiones inseparables. La película Falcon Lake (2022) nos cuenta la historia de Bastien, un adolescente parisino que pasa las vacaciones de verano junto a su familia en una zona de cabañas veraniegas alrededor de un gran lago en Quebec. Allí, en ese no-tiempo del verano, Bastien se enamora de Chloé. El miedoso adolescente encuentra en el interregno del verano la oportunidad de caminar por las cosas valiosas de la vida; el amor y la belleza.
Sin embargo, no todos los adolescentes tienen la misma suerte, ni pueden vivir un verano en una paradisíaca zona de Quebec. Algunos, como Elvira Lindo nos relata en sus novelas de Manolito Gafotas, pasamos el verano en barrios recubiertos de toldos verdes en los balcones, donde el calor del asfalto nos abre los poros con una conductancia bioquímica infalible. Y sería estúpido decir que en ese paisaje urbano no se puede experimentar lo mismo que en una paradisíaca playa virgen, o en un lago tranquilo donde el ruido de las hojas del chopo te mece el tímpano. Sin embargo, entre las altas hileras que mezclan el pequeño ladrillo de piedra y el toldo, ambas claves arquitectónicas de los pisos de protección oficial, empiezas a sospechar que el tiempo, al igual que les ha pasado a tus padres, deslomados de trabajar, se te va a acabar tal cual lo estás viviendo.
El concepto de clase media es un concepto traspasado por una aspiración; la de vivir mejor que el grueso del proletariado periférico. Una aspiración burguesa construida bajo el clasismo meritocrático que se diluye con la precarización creciente de la vida. Sin embargo, en dicha aspiración resuenan los ecos del derecho a la pereza de Lafargue (al menos lejanos). El tiempo y nuestra relación con él es subjetiva, relativa, cierto. Sin embargo, en ella hay un claro componente objetivo, material, de clase.
¿Cómo vivirán los adolescentes ahora?, ¿sentirán el peso que siente una persona de más de 30 años?, ¿pensarán en las futuras pandemias?, ¿en el sol cada vez más abrasador que nos acecha por culpa de la crisis climática? Todas estas respuestas seguramente sean complicadas de aglutinar en una narrativa general, donde la sociología siempre quiere terminar. No obstante, pienso en ese imaginario de la huida, del lugar antípoda, del hogar. Actualmente vivimos en una especie de Odisea inversa; si bien Ulises tardó dos décadas en volver a su preciada Ítaca, nosotros nos vemos obligados a pensar en cómo recuperar esa isla donde el amor y el tiempo eran nuestros. Las ciudades que nos han visto crecer nos expulsan, el calor y la precariedad nos aplastan, y las condiciones subjetivas quedan lejos de una revolución que nos permita recuperar lo que nos pertenece de una forma inmediata.
Cuando escribo siempre me obligo a acabar con algo positivo. Es una responsabilidad. Sin embargo también lo es ser sincero. En este verano tardío, al que he accedido hoy después de bañarme en una sofocante orilla del Mediterráneo, un sabor raro ha invadido mi cabeza, un residuo apocalíptico del COVID y de aquellos meses de rezar a dioses en los que no creo para no enloquecer. En este torbellino donde resistimos muches de nosotres, el miedo a no poder tener más veranos, el miedo a no poder construir nuevas Ítacas, se presenta como un tótem demasiado pesado.
El domingo que viene, si puedo, volveré a ese trozo de playa no masificado (aún), y me preguntaré de nuevo sobre el diferente sabor de un verano después de los 30, en lo que para mí antes, de adolescente, era un inimaginable año 2026.
«Una sociedad tan degenerada por la necesidad y la avaricia que solo puede recibir los dones de la naturaleza rapazmente, que arranca los frutos inmaduros para sacar provecho de ellos en el mercado y que tiene que vaciar cada plato para saciarse, es una sociedad cuya tierra empobrecerá y no tendrá sino malas cosechas».
Walter Benjamin









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