Ulises, el desposeído

 Ulises, el desposeído


Reencuentro entre Odiseo y Argos. Autor: James Baldwin (1905)

“Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el Ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria”. Así empiezan las primeras palabras del poema épico La Odisea, rescatado de nuevo por la industria cultural a través de la película de Christopher Nolan de su mismo título (aviso para navegantes: hoy no hablaremos de esta película).

La Odisea es una de las narraciones más presentes en la historia primigenia de aquello que se bautiza como Occidente. En ella, como espejo narrativo, nos reflejamos una y otra vez. El hogar, el amor, la patria, el destino y la trascendentalidad son cuestiones que inevitablemente chocan contra las costas del pensamiento social, sea cual sea la época a la que pretendamos virar nuestra mirada. Es por eso que en tal tiempo de tempestades críticas, aquellas que toman el nombre de crisis climática, fascismo y capitalismo, La Odisea vuelve a nosotros, los ciudadanos de Occidente, queramos o no.

La historia de Odiseo/Ulises (usaremos indistintamente los dos nombres a lo largo del texto) es una historia de múltiples dimensiones. Quizá infinitas. Permitidme caminar junto a este texto y su humilde escritura hacia algunos interesantes ámbitos de los muchos que podríamos sacar a la palestra del diálogo. El poema épico griego, como cualquier otra estructura literaria narrativo-mítica de una sociedad agraria-esclavista, cumplía una función axiológica. Dar valor, marcar lo deseable o lo indeseable. Ofrecer más tierra donde el pensamiento pueda pisar, pues la razón y el pesar de aquella época debieran ser un pulso constante con lo sublime. Entendamos lo sublime como definía Kant precisamente el límite de la razón bajo la inmensidad de la totalidad real. Por supuesto que esta relación entre ser sujetos que se perciben individuos de manera irremediable por sus condiciones biológicas-conscientes, y todo aquello que nos deviene entre lo social y lo material es un choque que dura hasta nuestros días. Interesante es observar la relación del límite de la razón con el paisaje. De hecho, los tres arquetipos de paisajes sublimes ligados a la naturaleza pueden ser catalogados grosso modo como tres: un inmenso bosque sin fin, el mar y el desierto.

El protagonista de La Odisea, Ulises, se enfrenta a uno de ellos, el mar, donde a pesar de sus evidentes y avanzados conocimientos como navegante, está totalmente subordinado a la voluntad del Mediterráneo, que en este caso queda cristalizada en Poseidón y su enfado por haber herido y dejado ciego a su hijo, el cíclope Polifemo. La relación con la totalidad es una de las piezas fundamentales del relato religioso. En concreto, una relación que otorga a esa realidad incomprendida una voluntad divina. Por mucho que Odiseo use su astucia para salvar su vida y volver a su hogar, los dioses tienen conversaciones paralelas en sus pupitres olímpicos. Atenea, la diosa de la sabiduría y la guerra, pero también de la ciudad y la técnica (τέχνη, téchnē), ayuda tanto a Odiseo como a su hijo Telémaco para que el regreso a casa sea posible. En este último precepto, el regreso a casa, es interesante pararse. Ulises parte de su preciada Ítaca hacia la guerra de Troya, empujado por su deber respecto a la alianza con otras ciudades más poderosas. Diez años pasa en tierras troyanas y otros diez intentando regresar a casa. En esta última década Ulises es un apátrida, un extranjero, un refugiado.

Tres son los episodios que más destacan esta relación dialéctica con el apátrida: Circe, Calipso y el ya nombrado Polifemo.

La entrada en La Odisea de la voz de Ulises es a través de la historia de Calipso. Una vez ha tenido innumerables contratiempos y cerca de estar incontables veces al borde de cruzar al Hades1, Odiseo se encuentra en la paradisiaca gruta de la ninfa rodeada de chopos, espléndidas aves marinas y un abundante viñedo. Aquí, en su morada, la diosa Calipso lo agasaja con los placeres del cuerpo: el sexo, la comida y la inmortalidad. Sin embargo, Ulises se sumerge en una profunda depresión añorando su hogar. Su condición de apátrida, de extranjero, marca la constante tortura que no cesará en la mente del itaquense. El humano, al contrario que una deidad desprovista de las fronteras espacio-temporales, está sometido a la finitud de lo social. La noción de sujeto persigue dicha limitación, sujetándose sobre las estructuras sociales que nos sobrepasan. El extranjero se ve envuelto en esa totalidad estructural que por gran altura le supera. La historia de Ulises es una historia que alberga en su diálogo con la actualidad la noción del desposeído de la comunidad. Todes albergamos en parte, sobre todo si no estamos dentro de la condición material del burgués, a ese Odiseo que busca su hogar no por ser un lugar idílico, sino por ser el lugar que le constituyó como sujeto a través de los vínculos sociales: su amada comunidad, su humilde y fiel Penélope y su hijo Telémaco.

Tan irrefutable es la unión entre la persona y lo social, que en el diálogo de partida con Calipso, Ulises renuncia sin duda aparente a una vida divina y eterna:

CALIPSO: ¡Laertiada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Así, pues, ¿deseas irte enseguida a tu casa y a tu patria tierra? Sé, esto no obstante, dichoso. Pero si tu inteligencia conociese los males que habrás de padecer fatalmente antes de llegar a tu patria, te quedarás conmigo, custodiando esta morada, y fueras inmortal, aunque estés deseoso de ver a tu esposa, de la que padeces soledad todos los días. Yo me jacto de no serle inferior ni en el cuerpo ni en el natural, que no pueden las mortales competir con las diosas ni por su cuerpo ni por su belleza.

ODISEO. ¡No te enojes conmigo, veneranda deidad! Conozco muy bien que la prudente Penélope te es inferior en belleza y en estatura: siendo ella mortal y tú inmortal y exenta de la vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta. Y si alguno de los dioses quisiera aniquilarme en el vinoso Ponto, lo sufriré con el ánimo que llena mi pecho y tan paciente es para los dolores, pues he padecido muy mucho en el mar como en la guerra, y venga este mal tras de los otros.

Como decíamos al principio, La Odisea es un texto arquetipo que ha tenido una carga valorativa desde sus inicios en las comunidades del Mediterráneo, posteriormente en Occidente y a través de la Modernidad y una lejana reinterpretación que luego abordaremos, a prácticamente la totalidad del mundo global. Desde esta premisa podría entenderse que La Odisea actualmente queda presa de la totalidad social, que no es otra que el capitalismo; sistema social que niega el afuera2. No obstante, como poema épico que intenta atrapar precisamente la totalidad de una realidad social-histórica, en este caso el tiempo de las comunidades aqueas antes de Cristo3, tiene la propiedad de dialogar no solo con estructuras sociales objetivadas como consensos naturales, sino con dimensiones contradictorias que siempre marcan un afuera.

Es para este texto, desde una mirada marxista, obviamente interesante situarse sobre ellas, observando cómo en la historia de Ulises se encuentra la identidad del desposeído moderno, el refugiado, el extranjero y el maltratado por el capital-trascendental4 (así como lo llamaría Benjamin el capitalismo como religión).

Como os decía, una de las más potentes es la vertiente de refugiado que Ulises alberga en La Odisea, supeditado a la hospitalidad de otras comunidades que le reconozcan y ayuden a llegar a su hogar. Pero también la del migrante que en una pequeña embarcación que ha construido con sus manos, intenta llegar a tierra para ser ayudado por el congénere humano. Así clama Ulises al cielo cuando después de zarpar de la isla de Calipso, Poseidón sigue castigándolo:

ODISEO. ¡Ay de mí! Después que Zeus me concedió que viese inesperada tierra y acabe de surcar este abismo, ningún paraje descubro por donde consiga salir del espumoso mar. Por de fuera hay agudos peñascos a cuyo alrededor braman las olas impetuosamente y la roca se levanta lisa, y aquí es el mar tan hondo que no puedo afirmar los pies libremente del mal. No sea que, cuando me disponga a salir, ingente ola me arrebate y de conmigo en el pétreo peñasco, y me salga en vano mi intento. Mas si voy nadando, en busca de una playa o de un puerto de mar, temo que nuevamente me arrebate la tempestad y me lleve al Ponto, abundante en peces, haciéndome proferir hondos suspiros, o que una deidad incite contra mí algún monstruo marino, como los que cría en gran abundancia la ilustre Anfitrite, pues sé que el ínclito dios que bate la tierra está enojado conmigo.

Es difícil no transportarnos a todas aquellas personas que hoy albergan un trozo del reclamo de Ulises cuando intentan cruzar el Mediterráneo desde el norte de África, buscando una Ítaca que aún no conocen en las costas de Europa. En este aspecto, Ulises como desposeído tiene una connotación claramente reactiva hacia el poder, aunque humilde monarca sea, y por tanto pequeña élite de su época, despojado de su condición de clase (temporalmente), Ulises al igual que cualquier persona queda lanzado hacia las paredes del destino.

De hecho, el destino se nos revela como el principal enemigo en La Odisea. También actualmente lo hace el destino social de miles de millones de personas que sufren la violencia del capitalismo en sus cuerpos, como si de un castigo inevitable se tratase. Al menos así se presenta en la construcción cultural-ideológica que sostiene al capitalismo políticamente. La noción de Ulises como desposeído es más fuerte en las coordenadas actuales que la del liberal ingenioso que surca los mares frente a la adversidad del mercado. Si La Odisea es una narrativa que tiende al Universal, sin duda ese universal apunta el proletariado y los desposeídos de este mundo.

Además, podemos también advertir de cómo la noción de patria en La Odisea está, obviamente, lejos de la rancia construcción identitaria del nacionalismo burgués. Ítaca tiene el valor atemporal que la caracteriza por ser un lugar que simboliza la comunidad y, por tanto, el amor fraternal. No es baladí este punto, pues alberga en su profunda semilla la noción de dignidad. Todo el mundo puede ser digno de ser amado. Ulises sin duda lo es, astuto, valiente y ético, rey justo sobre los suyos. Aunque hay que rendir cuentas sobre que el poema homérico ni mucho menos cuestiona la situación de los esclavos, habiendo una clara justificación del orden social existente. Sin embargo, el principio de dignidad sigue presente sobre la injusticia que Odiseo sufre causada por los dioses (sus amos extraterrenales). Por tanto, con el tiempo el principio de dignidad desembocará en la llamada adultez del hombre por Kant5, en la noción de ciudadanía y ésta, a través de Marx, desencadenará la necesidad de tomar las riendas de nuestra agencia y de formar una comunidad digna, responsable de la propia política que les gobierna, donde el esclavo y el explotado sea una figura objetivamente indigna de existir.

ODISEO. ¡Óyeme, oh soberano, quienquiera que seas! Vengo a ti, tan deseado, huyendo del Ponto y de las amenazas de Poseidón. Es digno de respeto aun para los inmortales dioses el nombre que se presenta errabundo como llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorio de ser tu suplicante!

Estas son las palabras de Odiseo bajo las orillas de los feacios6, pueblo que le ayudará a llegar a Ítaca después de sufrir toda clase de males y perder a todos sus compañeros, que, haciendo caso omiso de los avisos que se les advierten en el Hades y que luego Circe vuelve a recordar, matan en la isla del dios Helios las reses de este; siendo castigados por el mismísimo Zeus, que parte su navío con un rayo y solo salva a Ulises. El héroe griego acaba encallando en la isla de la diosa Calipso, sin identidad, náufrago, sin comunidad, ni compañeros; allí pasó siete años bajo el hechizo de la diosa y el pulso con la memoria.

No es tampoco baladí que la memoria sea sin duda una de las premisas sofocantes que hoy nos acechan. El manido debate del pensamiento crítico también tiene mucho que ver con la memoria y su diálogo. Una habladuría que va desde el pasado hauntológico7 hasta el presente hipersticional8. Es decir, el tiempo como una cuerda que se alarga es un eco que brota de estructuras del pasado y que proyecta en el presente posibles devenires. Sin embargo, ese tiempo no es algo ajeno, ni divino, sino consecuencia de nuestros actos. Si bien al principio del texto hemos explicado cómo los poemas épicos de la época homérica sitúan la agencia humana en un plano divino, y por tanto a la historia la colocan como un ente autónomo, otra lectura puede caber en ella. Ulises pasa por todas las penurias que le ocurren por una consecuencia directa de sus actos, pues ciega al cíclope Polifemo. No obstante, este no sabe cuál es la identidad de Ulises, ya que en conversación previa el hijo de Laertes se la ha presentado con el nombre de Nadie. Sin embargo, Ulises, lleno de rencor por los compañeros que el cíclope ha devorado, le acaba confesando en forma de provocación mientras huye:

ODISEO: ¡Cíclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes que tiene su casa en Ítaca.

Nuestro orgulloso y bélico héroe comete el mayor error de su vida regodeándose en la violencia que ha afligido al hijo de Poseidón, así desata, como en realidad la guerra de Troya lo hizo antes, devenires que por mucho le superan como individuo. No obstante, en este momento Ulises reclama el derecho de agencia que tiene sobre su destino, desatando que la historia camine hacia un huracán imparable.

Sobre los actos y sus consecuencias, la memoria es la mejor consejera que tenemos. En este pulso sobre cómo retomar constantemente las riendas de nuestro destino a través de la política, la historia es la que nos permite saber, al menos, quiénes somos y cuáles son nuestros intereses. En la actualidad la memoria y el destino están en manos de fuerzas externas. Marx lo comentaba en su metáfora vampírica sobre el trabajo y el capital. Mark Fisher insistía en ello explicando cómo el capitalismo se había convertido en un productor de realidad total, manejando la organización y la producción de ideología y cultura. El realismo capitalista es la inevitabilidad de la trampa que Ulises construye a través de su soberbia, creyéndose que podrá manejar las consecuencias de sus actos.

En este punto la figura de Ulises tiene dos caras. Por un lado, la del burgués, cristalizado en miserables personas como Elon Musk, Peter Thiel9, Trump y seres semejantes, que llenos de vanidad piensan que sus acciones frente a toda la humanidad (y el planeta entero) son inquebrantables, inequívocas, rectas, causa-consecuencia. Sin embargo, olvidan que la historia es más compleja, dialéctica en contradicciones, luchas de poder. De hecho, inconscientemente luchan contra espectros que por ahora no son sólidos, pero que podrían serlo. No es casual que el Secretario de Estado de EEUU Marco Rubio dirigiera en el Congreso una ofensiva global contra Antifa y los grupos de “extrema izquierda”, convocando una cumbre internacional en Washington para catalogarlos como una amenaza terrorista transnacional, donde se pretenden tejer alianzas globales para perseguir a toda posible organización independiente de la clase trabajadora. El miedo a perder la agencia política les revolotea por su prepotente y supremacista psique. Bien saben en el fondo que si alguna justicia histórica les llega alguna vez, ni mil guillotinas harían justicia bajo su genocida nuca.

Por otro lado, Ulises también alberga la cara del proletariado, desprovisto de agencia, pues los dioses lo maldicen a cada acción de rebelión que intenta. Los dioses griegos, no lo olvidemos, caprichosos y celosos, juegan con los humanos y sus destinos. Aquí podemos encontrar esa semilla que luego el relato kafkiano10, e incluso el terror lovecraftiano11, despertó muchos siglos después. Esa semilla era la de enfrentarse a las fuerzas sociales que superan por mucho las intenciones que uno puede tener. Actualmente la lucha de Odiseo es una lucha claramente proletaria. ¿Cómo resistir a un mundo que se empeña en arrebatarte el sentido que quieras darle a tu vida?

Somos ahora mismo todos un dilema homérico, mientras la agencia del mercado, ese ente externo (que bien se parece a Cthulhu12 pues del vacío viene y al vacío nos lleva), convierte La Odisea en un relato tecnificado del cibercapitalismo. Si antes hemos comentado que los paisajes en las épocas previas a la revolución científica que evocaban al límite de la comprensión racional eran el mar, el frondoso bosque o el desierto, ahora habría que añadir dos más: el cosmos y el paisaje urbano. El cosmos es una vastedad que nos sobrecoge, y aunque tenemos a la ciencia para huir de metafísicas místicas, el límite de nuestra agencia es claro frente a una galaxia a 46 millones de años luz que observamos a través de un telescopio, iluminados por una imagen que en realidad ya fue. Sin embargo, los procesos agenciales viran hacia nuestro interior, quizá siempre lo han hecho, pero con el desarrollo de la técnica en la modernidad la brújula hacia el interior se ha disparado. Es por eso que expresiones culturales como el ciberpunk, que beben claramente de lo gótico (por tanto, de esa herencia del relato kafkiano, lovecraftiano o shelleyano, por nombrar algunas claras influencias), nos lanzan hacia un conflicto humano que sublima desde el individuo hacia la totalidad. Tanto lo humano como lo alienígena forman parte de nosotros, y eso nos despierta un miedo arcaico, destapando preguntas ineludibles.

¿Cómo llegamos a Ítaca? Esta es la cuestión sin respuesta, sobre todo porque si Ítaca es el hogar global en el que ya comprendemos que vivimos, el planeta Tierra, la pregunta cambia de matiz, pues no hay que llegar a ninguna isla de la que partimos antaño, sino recuperar nuestra dignidad en la que ya estamos.

Ulises, cuando llega a su isla veinte años después, descubre que el reino se ha hundido bajo el yugo de los pretendientes de Penélope. Su hijo Telémaco resiste como puede los intentos de desprecio e incluso de asesinato. Su amada Penélope teje argucias evitando casarse con algún otro noble. Y Ulises, con paciencia, organiza su venganza, primero bajo el manto que Atenea le otorga, disfrazándose de mendigo, luego bajo la violencia en el combate y el asesinato de los pretendientes.

Para recuperar la agencia, para arrebatar las aristas de la memoria a la clase capitalista, debemos luchar. No hay otra alternativa. Pero debemos además despojarnos de aquello que nos constituye como sujeto en el capitalismo. Así como el mendigo está despojado de todo, y así cual antropólogo puede hablar con su pueblo, sin que posen en él la mirada de ser Ulises, nosotros debemos hacer ese ejercicio. Despojarnos de las vestiduras del consumidor, del patriota nacionalista, del hombre patriarcal, del trabajador subyugado. Solo bajo las rasgaduras de los condicionamientos podremos forjar otra comunidad.

En esta época oscura, donde el fuego quema la pradera, la fábrica y la guerra contaminan el planeta, el burgués explota, el Estado maltrata y encarcela al migrante y los dioses toman formas más oscuras y menos humanas, Ulises y su viaje siguen recordándonos que el devenir de la historia es más complejo de lo que “el no hay alternativa” ha instalado en nuestro pensar.

En La Odisea se observa que una de las leyes principales es la hospitalidad. En una época donde la comida y las necesidades básicas no siempre estaban cubiertas, el fantasma de la escasez revoloteaba sobre los aqueos hace 3000 años. Es por eso que La Odisea se recrea en los banquetes y las historias contadas alrededor del fuego. Ahora, en el 2026, las historias de la escasez cobran otro tono. Por primera vez tenemos la capacidad de vivir en una comunidad libre, donde las penurias de la carne sean mucho menores que las de nuestros antepasados. Sin embargo, esa posibilidad nos es arrebatada por un falso dios, el capital, y por su falsa prole, los capitalistas. Es posible que como Ulises, debamos clavar una estaca ardiendo en la pupila de estos falsos héroes autoproclamados divinos, y a su vez gritar bajo el viento:

¡Cíclope! Preguntas cuál es mi nombre ilustre y voy a decírtelo; pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido. Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.

1

Hades es, en la mitología griega, el dios del inframundo y de los muertos, hermano de Zeus y Poseidón. Por extensión, el Hades también designa al propio reino subterráneo donde habitan las almas de los difuntos. En La Odisea Ulises tiene que navegar hacia el Hades para consultarle al adivino Tiresias cómo puede llegar a Ítaca. Durante el ritual habla con su madre Anticlea, Aquiles y Agamenón.

2

El capitalismo es el primer sistema social, económico y productivo que ha logrado construir un orden de alcance planetario, mediante el control de los medios de producción, el sometimiento de las comunidades y la apropiación y el desarrollo de la técnica y la tecnología.

3

Los aqueos fueron los pueblos griegos de la civilización micénica (c. 1600-1100 a.C.), organizados en reinos palaciales gobernados por un wanax (rey) y centrados en ciudades como Micenas, Tirinto y Pilos, que funcionaban como centros de poder. Homero emplea este nombre (aqueo) para designar a los griegos que combatieron en Troya.

4

Aunque sabemos que el capital no es trascendente, sino histórico, político y social, seguiremos esta falsa narrativa para entender como existe una percepción sobrenatural del capitalismo en la actualidad. Esta percepción está ligada al realismo capitalista y al efecto cultural que la ideología capitalista a causado en la subjetividad imperante.

5

Sapere aude: "atrévete a pensar por ti mismo". Así resume Kant la mayoría de edad ilustrada, entendida como la capacidad de usar la propia razón sin depender de la tutela ajena, sin los grilletes de la religión o la tradición (¿Qué es la Ilustración?, 1784).

6

Los feacios son el pueblo mítico de la isla de Esqueria, gobernado por el rey Alcínoo y la reina Arete, que acoge a Odiseo tras el naufragio provocado por Poseidón y finalmente lo devuelve a Ítaca en una de sus naves mágicas. Son célebres por su hospitalidad, su destreza como navegantes y su vida próspera y despreocupada, cercana a los dioses.

7

Lo usamos como un concepto que hace referencia a como el pasado actúa sobre nosotros a través de estructuras materiales-culturales-ideológicas.

8

Concepto vinculado a la hauntología. Lo utilizaremos para describir como en el presente están ya latentes las contradicciones y narrativas que pueden devenir en el futuro.

9

Sobre ejercicios de vanidad y autoproclamarse dioses, aquí analizamos una de las confesiones más dantescas de la burguesía en los últimos años: El manifiesto de Palantir en la era del fascismo cibernético

10

Franz Kafka construye en sus novelas, como La metamorfosis o El proceso una realidad absurda y burocrática, donde el individuo se enfrenta a fuerzas anónimas e incomprensibles que escapan a su control.

11

H. P. Lovecraft dibuja un terror que es proyectado frente fuerzas cósmicas, ancestrales e indiferentes a la existencia humana, tan vastas que revelan la insignificancia de las personas frente al universo.

12

Es una entidad cósmica, representada como un gran ser lleno de tentáculos, Lovecraft utiliza a este ser en sus relatos para revelar la insignificancia del humano frente a la vastedad. Tal es su omnipresencia que quien lo contempla enloquece al sentir lo pequeño e irrelevante que es.

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