Notas sobre el colapso y las vacaciones de agosto

 Notas sobre el colapso y las vacaciones de agosto




Agosto, el mes predilecto de las vacaciones de verano. El mes de desconectar del trabajo y conectar contigo mismo. Al menos, de conectar con lo que queda de ti después de 10 meses de trabajo diario, acumulando casi más horas de trabajo que de vida fuera de él. Hace unos días volví de una semana de vacaciones, en un lugar donde conseguí desconectar, de verdad, del oleaje incesante y del ritmo acelerado impuesto por la economía capitalista.

Nosotres, las personas que tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo para poder sobrevivir (aunque ese factor, la sobrevivencia, cada vez está más en entredicho), vivimos unas vidas totalmente ajenas. No es casualidad que hablemos de alienación cada dos párrafos, o del manido concepto de la salud mental: ¿Cómo no vamos a estar deprimidos, locos, medicalizados, si somos esclavos?

Ayer, cuando volvía a casa con dos amigues después de cenar, hablamos brevemente sobre cómo tenemos vidas que nos impiden pensar; vidas que nos impiden hacer algo más que resistir la nueva oleada de trabajo y extenuación física y mental. La sobreinformación en redes nos atosiga a través de unos algoritmos con un diseño construido bajo las oscuras técnicas de la publicidad, la cosificación y el delirio economicista, que ríete tú del capítulo más bizarro de Black Mirror.

En este ámbito de precariedad donde tenemos trabajos de mierda con jefes y contextos delirantes y deshumanizadores bajo la lógica de la dirección de empresa, los recursos humanos y el coaching empresarial. En este ámbito donde tu casero se lleva el 75% del salario y la gasolina sube cada vez más por la guerra, y el mundo, literalmente, arde, las especies se extinguen de manera masiva y la cultura se ha convertido en eso que Walter Benjamin nos advertía sobre el disfrute estético de nuestra propia aniquilación. En este ámbito, ¿cómo no vamos a enloquecer?

No escribo esto en cuanto a forma y tema para rescatar el formato blog y su narcisismo (que lo hay a veces en él), sino porque en el punto individual de mis sensaciones sé que muches de vosotres también estáis, y escribiendo podemos convertir el dolor individual (aparente) en el dolor colectivo que es en realidad. Llevo dos días haciendo scroll, incapaz de leer, sumergido en una espiral de ansiedad, depresión y encefalograma plano a través del móvil. No obstante, encontré una grieta que me hizo salir de aquella memoria secuestrada (no sé si os pasa, pero cuando me pierdo en contra de mi voluntad en el ciberespacio me cuesta recordar). Esa grieta era una foto de Pinterest, un graffiti que ponía: "La empresa no se hace responsable por robo o extravío de su salud mental".

Es una verdad lapidaria, ¿o acaso Instagram, Twitter, TikTok o Facebook se hacen cargo de su diseño premeditado para generar dependencia psicológica?, ¿se hacen cargo de los discursos de odio, la desinformación, la misoginia, el racismo o el antiintelectualismo?, ¿se hacen cargo de vender nuestros datos a gobiernos fascistas como el de Donald Trump, adulterar elecciones (como se demostró en el caso de Cambridge Analytica en el Brexit)?, ¿se hace cargo tu empresa o tu jefe de algo más que no sea generar una cultura deshumanizadora a través de diferentes disciplinas como, por ejemplo, los ya nombrados recursos humanos, para legitimar tu explotación? El lenguaje a veces es tan cristalino que, literalmente, una disciplina universitaria-empresarial equipare a las personas con recursos nos muestra sin mucho pudor cómo hemos naturalizado relacionarnos con los humanos como meras cosas abstractas, y no desde su valor intrínseco (tenemos valor por nosotros mismos, al ser seres vivientes, al igual que otros animales).

No deberíamos tampoco menospreciar como daño a nuestra psicología la cultura del liderazgo, el coaching de mierda revestido de psicología barata, que no es otra cosa que dorarle la píldora a la idiotez de un sistema que es, como he defendido en reiteradas ocasiones, antiintelectual.

En estos ambientes materiales que supuran una cultura horrorosa, despreciable frente a todo aquello que vale la pena ser vivido, acabamos naturalizando vivir en una sociedad autófaga, como Anselm Jappe la describía. Una cultura que está supeditada a la necesidad de obtener valor (capital) a través de la explotación del trabajo. Sin embargo, esta esfera expansiva del capitalismo, al menos a nivel ecológico, va tocando sus límites más inmediatos. Es por ello que ahora, en esta nueva fase, nos autocanibalizamos.

Si bien es bastante evidente a nivel ecosistémico con la crisis climática, no deberíamos dejar de lado ese daño sufrido en los planos culturales. Eso no quiere decir que la cultura esté rendida, sino que la cultura capitalista es cada vez más autodestructiva, reaccionaria, envilecida, antihumana.

Podríamos pensar aquí en la teoría del Internet muerto (básicamente, esta teoría, que es obvio que se puede acabar cumpliendo, advierte de que la mayor parte del contenido de Internet no lo realizan personas, sino bots, IA, algoritmos), ¿qué repercusiones podría tener sobre nuestra psicología si la mayoría de contenido que procesamos en el ciberespacio lo realizan sintéticamente diferentes agentes controlados por empresas?

Sobre este ámbito, existe también la interesante conversación en cine sobre el llamado “filtro de Netflix”. La industria cultural se ha convertido en una máquina mejorada de lo que Adorno y Horkheimer describieron. En este proceso de reproducción estética-ideológica, muchísimas películas de plataformas de streaming empiezan a verse igual, mismos tonos, misma estética: un lugar común que nos lleva a la nada. Sin duda este punto se intensificará más aún con la IA y sus horrorosos vídeos e imágenes. De hecho existen cada vez más anuncios televisivos que usan la IA para generar el vídeo de manera íntegra (de nuevo ríete tú de Black Mirror).

En este contexto claramente nocivo, las figuras humanas que portan los estandartes de la cultura del capital son auténticos individuos escalofriantes. Los influencers y demás figurantes de la cultura mainstream de Internet así nos lo hacen saber (obviamente hablo de rasgos y tendencias, hay gente decente también en el contenido del ciberespacio).

No hace falta que os ponga muchos ejemplos de en qué nos hemos convertido también a causa del espejo donde miramos. Tampoco os costará pensar muchos espacios, perfiles y gente con millones de seguidores que identifiquemos como un peligro en potencia por sus mensajes sobre el cuerpo, la sexualidad, el consumismo extremista, la superficialidad, el antiintelectualismo, los discursos de odio, la conspiranoia, o la mercantilización continua de todo su contenido vendido y traspasado por publicidad constante.

Consecuentemente, surgen dos preguntas: ¿cómo no estar psicológicamente afectados? y ¿cómo tener esperanza? La primera de ellas ya la hemos contestado en la reflexión; es imposible no estar afectado, de hecho sería preocupante si nos pareciera bien vivir en el delirio descrito.

La segunda tiene una connotación mucho más compleja. No podemos negar que vivimos en un tiempo de ruptura total con muchas cosas. De reversos que no podrán volver a su lugar anterior jamás. Y también es cierto que estamos como Kafka cuando el 14 de agosto de 1914 escribía en su diario “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar”. Sin embargo, tenemos una ventaja sobre el escritor de la Metamorfosis, y es que hemos visto el mundo caer, arder, y luego surgir de nuevo aunque un país declare la guerra a otro, y aunque nuestras vacaciones en agosto parezcan un insultante paréntesis frente al cruel viento que nos zarandea en medio del colapso.

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