La paz del agresor


La paz del agresor


Disturbios en la ciudad de París

Trabajar cuarenta y cinco años de tu vida para poder, simplemente, sobrevivir, no es violencia. Que tengas que gastarte más del 50% del salario del que dependes para satisfacer tus necesidades básicas en el alquiler, no es violencia. Que tengas que pagar para poder tratar la enfermedad que te mata poco a poco, no es violencia. Que tengas un acceso a la cultura marginal y supeditado a conformarte como un sujeto sumiso e ignorante, no es violencia. Que te quedes sin trabajo y tengas que dormir en la calle y vivir de la caridad de la gente para poder simplemente comer, no es violencia. Que multinacionales esquilmen y destrocen el ecosistema terrestre para obtener beneficios millonarios de manera exponencial, provocando un ecocidio, no es violencia. Miles y miles de personas asesinadas en el Mediterráneo porque simplemente intentan cruzar dicho mar huyendo de la precariedad más absoluta, no es violencia. Las torturas de los ejércitos y policías occidentales en las fronteras hacia personas migrantes, no es violencia.

El maltrato, la discriminación y la desigualdad estructural que sufren las mujeres y el colectivo LGTBI, no es violencia. El ICE y sus campos de concentración para migrantes, no es violencia. El etnoestado supremacista y genocida de Israel, no es violencia. Que Elon Musk, una persona hijo de esclavistas sudafricanos, tenga más dinero que el PIB de un país rico como Suiza, no es violencia.

La violencia, como todo en esta distopía del realismo capitalista, parece que queda en el plano de la narración. Entonces, sobre todo, la violencia queda en el plano de quién controla esa narración.

El ayuntamiento de Limoges ardía durante la noche del 17 de octubre tras las protestas generalizadas por toda Francia. Un edificio histórico que se quema; eso sí que es violencia. Una violencia, al parecer, tan atroz que antepone los ladrillos inertes frente a las millones de vidas que sufren las violencias que hemos descrito en el párrafo de arriba.

Marx, en su texto La guerra civil en Francia (1871), decía: “La burguesía del mundo entero, que mira complacida la matanza en masa después de la lucha, ¡se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y la argamasa!”. Este texto, redactado por Marx apenas dos días después de la caída de la Comuna de París, es un texto escrito en caliente para responder a la campaña de calumnias que la prensa capitalista europea vertía contra los comuneros.

El mismo discurso liberal del statu quo que opera bajo el baluarte del pacifismo es un perverso reflejo de cómo el capital normaliza la violencia más atroz, aliándose con el más terrible compañero de la violencia: la invisibilidad.

Ya en la época de la Revolución rusa, se utilizaba el mantra del “judeobolchevismo” para desprestigiar a aquellos movimientos obreros, comunistas y anarquistas que se defendían de la violencia fascista de aquella época. Quizá hoy, como nos recuerda Enzo Traverso, estemos viendo una reactualización de esta estrategia a través del islamo-izquierdismo, que no es otro que el viejo discurso que busca criminalizar toda aquella expresión de la clase trabajadora reactiva frente a la violencia que sufre a diario.

De hecho, no es casualidad que el mayor estigma que recae sobre las protestas actuales en el mundo juega de manera repetitiva la baza de la violencia (ya ni siquiera contra otras personas), sino contra mobiliario público y edificios (no sé si hace falta recordar que sendos objetos no tienen conciencia, por tanto, no sufren).

Si nos trasladamos al ejemplo de Francia y sus protestas estudiantiles, vemos cómo opera este islamo-izquierdismo a través de reducir las protestas a un estallido violento de las comunidades de origen migrante, el “lumpen” o posiciones de extrema izquierda. Esta visión, además de ser profundamente reduccionista y falsa, no contempla ni siquiera la noción de que las personas que están ejerciendo violencia lo hagan con plena conciencia de que es el único camino que nos queda para luchar contra la barbarie que vivimos a diario.

El capitalismo, encarnado en el liberalismo conservador de políticos como Macron, parte de una falsa premisa pacifista articulada en el privilegio. Es falsa porque niega la violencia estructural y atroz del capitalismo. Es articulada desde el privilegio porque aboga desde el punto de vista del agresor sistémico por una paz que debe adoptar el agredido; en esta trampa, cuando el agredido se revuelve para defenderse, se le tacha de violento.

Eudald Espluga, en su certero ensayo Imaginar el fin (2026), reflexiona de lleno sobre dicha cuestión. En palabras de Espluga:

“La violencia se convierte en una forma de resistencia a un poder total y totalizador. La violencia escatológica se ejerce como contrapoder sólo cuando se concibe como estrategia provisional, hasta el momento en que se ponga fin a la violencia institucionalizada. La esperanza apocalíptica es, por lo tanto, una esperanza violenta: «Aniquilar el peligro poniendo en riesgo a los aniquiladores»”.

A través de esta cita podemos describir dos visiones subjetivas contrapuestas frente a las imágenes de destrucción de los disturbios. Para el burgués y todo aquel que compre su marco, ver arder un ayuntamiento centenario, observar cómo la masa de ciudadanos repele los ataques de los violentos antidisturbios o presenciar cómo las empresas expoliadoras de los recursos básicos son saqueadas, es presenciar un apocalipsis colapsista. Frente a ello, su contestación coherente es el repliegue reaccionario: policía, militarización, persecución y fascismo.

Sin embargo, frente a esa misma imagen del fuego ardiendo sobre París, el desposeído del capitalismo observa un apocalipsis revolucionario, que le prende fuego a todo como último acto para romper la frontera de un todo social que lo condena a, literalmente, la extinción.

Sobre el panorama tan desolador que se nos presenta, debemos cruzar las aguas que ahora permanecen cerradas por las narrativas capitalistas. No tenemos futuro, es cierto, la ventaja es que existen otros futuros que podemos encontrar. Como Espluga nos advierte, “debemos abandonar la no-violencia cuando nuestra pasividad genera oleadas de violencia y destrucción mucho mayores”.

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