Los monstruos del interregno
Los monstruos del interregno
El sociólogo Zygmunt Bauman decía que el Holocausto no era un hecho aislado y extraordinario que jamás podría volver a ocurrir. El Holocausto era únicamente comprensible desde las condiciones sociales de la modernidad y el imperialismo. Solo podía entenderse tal atrocidad observando la historia del colonialismo europeo, la implantación de la fría lógica optimizadora del capitalismo y su revolución industrial/productiva y, como reacción a una emancipación de la clase obrera, un surgimiento del fascismo que buscaba atornillar los privilegios de las élites capitalistas.
Lo mismo ocurre con Gaza, con las muertes en el Mediterráneo, y con el auge de este nuevo fascismo que ahora azota a la soberanía de Latinoamérica y especialmente de Venezuela. No son hechos aislados, son zarandeos de un mismo proceso histórico donde el capitalismo trasciende a una cara aún más agresiva.
Mientras observaba las declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio en la televisión hace apenas unos minutos, pensaba en qué momento habíamos llegado hasta aquí. Y con hasta aquí me refiero a un claro ambiente de indefensión y miedo por la máquina de triturar que es el capitalismo y esa llamada «geopolítica». Ahora entiendo a Gramsci, y más bien no lo entiendo únicamente a nivel intelectual sino en mis entrañas, cuando veo que los monstruos surgen en estos claroscuros y el miedo me engarrota el pensamiento por el futuro y el presente que depara este panorama. He visto demasiados monstruos surgir a mi alrededor últimamente, he visto cómo el huevo de la serpiente se acrecienta en cada persona, cómo el envilecimiento crece, cómo el odio se esparce y cómo los pensamientos de la gente se despegan de la racionalidad del suelo para acabar en la más profunda irracionalidad.
Nadie para mí explica mejor estos interregnos de pesadilla que Günther Anders. Él decía que “lo que ayer fue realidad, en la medida en que sus presupuestos fundamentalmente no han variado, es igualmente posible de nuevo hoy; que, pues, el tiempo de lo monstruoso no haya sido más que un simple interregno”. Y lo que fue ayer realidad se convierte en que ahora la humanidad vive con el riesgo en la espalda, como diría Ulrich Beck en La sociedad del riesgo, donde siempre existe la posibilidad de que todo se acabe, de que una amenaza global cambie la vida para siempre. Aunque nos duela admitirlo, la sociedad actual es hija de las cámaras de gas de Buchenwald y Auschwitz, de las bombas atómicas abrasando el suelo de Japón, del napalm cayendo sobre la población de Trang Bang, de los niños en Gaza enterrados bajo escombros.
Cuando detenidamente reflexiono sobre los acontecimientos que he observado en estos últimos años, una oscuridad me aprisiona el pecho. Una losa. Y reconozco que no tengo respuestas a cuál es el camino. Se me acaban los sesudos análisis y las propuestas de lucha. Creo que es bueno admitirlo. Aunque escribiendo este texto, que sin duda lo he hecho desde el narcisismo más terapéutico, pienso que quizá sentir la barbarie sea el primer paso para enfrentar este sistema infernal que nos hace sentirnos profundamente solitarios. Estoy convencido de que muchos de los que leéis estas frases tenéis la misma sensación. Sin embargo, frente a esto, cómo decía Walter Benjamin; «la soledad no existe para nosotros mientras alguien a quien amamos, aunque esté en otro lugar más allá de nuestro alcance, se sienta solo al mismo tiempo».









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