Capitalismo como religión
Capitalismo como religión
La Creación de Adán, de Miguel Ángel, año 1511
Llevo un tiempo pensando sobre la religión, sobre cómo se articula el paradigma mítico religioso. La religión, debe entenderse más que como un conjunto de relatos y doctrinas teológicas, como un paradigma total que cohesiona y da sentido a la realidad social. La religión y la ideología tienen poca diferencia, quizá ninguna, el cambio es dado porque la ideología moderna prescinde, en principio, en ocasiones, de una figura abiertamente trascendente que dirige la realidad.
Sobre esto, Henri Lefebvre nos advertía de la necesidad de entender el cristianismo como un modelo global del mundo. Para él habían existido tres modelos planetarios que tenían influencias a gran escala, bien como una sociedad global: el primero de ellos era el paradigma judeocristiano que operaba en el feudalismo, el segundo el individualismo liberal1 que opera bajo el capitalismo, el tercero, para Lefebvre, debería ser el marxismo.
El materialismo dialéctico (Lefebvre huía del término marxismo por su clara connotación personalista), buscaba el conocimiento de la realidad para desvelar las formas trascendentes hacia su cara real. Al otorgar una mirada científica e histórica sobre como la sociedad es producida, organizada y reproducida en nuestra interacción social, nos libera de la transcendencia. No hay nada afuera, más allá de la acción humana, aunque los efectos de nuestra acción a veces tomen autonomía (es esta autonomía precisamente la que tiende a llevarnos al límite de la comprensión para el primer sentido intuitivo de la razón).
Décadas después, Jameson recoge el testigo de Lefebvre, advirtiendo como la tecnología, la técnica y sus efectos paisajísticos conformando grandes megalópolis inabarcables presentan una nueva sensación de lo sublime. Es decir, al enfrentarnos a la complejidad de las fuerzas sociales que habíamos desatado en la modernidad, nos empezábamos a relacionar con el capitalismo como anteriormente, en el feudalismo, nos relacionábamos con la naturaleza. Ahí, en el horizonte de luces, tráfico, publicidad, horarios laborales, wifi, ruido y zigzag incesante de gente se nos presentaba un límite a la razón (al menos en primera instancia). Así como antes se le presentaba al explorador delante de un paisaje natural (cuando veía por primera vez el mar, un bosque inabarcable o un desierto abrasador).
Sin embargo, en esta crisis (límite) de pensamiento, que se acaba mostrando en las formas culturales como una crisis de historicidad, es donde actualmente nos encontramos. Buscamos de nuevo formas trascendentales que den un sentido al difícil sin sentido construido que nos rodea. Es decir, agencia y acción social ¿Cómo nos responsabilizamos sobre estas dos dimensiones? de momento, cediéndolas a aquellas formas etéreas del mercado y la democracia burguesa, fuerzas externas que no nos pertenecen a la clase trabajadora. Un claro rector religioso sin duda nos sigue sacudiendo día día, pues el capitalismo es un dios, o al menos nos relacionamos como si lo fuera.
Lo que quiero decir es que el capitalismo funciona como una religión, una de las más perversas. Walter Benjamin nos advirtió sobre ello en su ensaño titulado Capitalismo como religión (1921): “El capitalismo puede ser considerado como una religión, es decir, el capitalismo sirve fundamentalmente para satisfacer las mismas preocupaciones, angustias e inquietudes a las que antes daban respuestas las llamadas religiones” (Benjamin, 2026)2.
Las religiones, como os he dicho al principio, en realidad son la expresión cultural-ideológica de modos de producción concretos, que tienen modos de conocimiento determinado. El paradigma teológico dotaba de sentido la realidad feudal, el paradigma ideológico (no desde el punto de vista despectivo sino descriptivo) es el que brota de la ciencia. En la modernidad, las ideas rectoras sobre la moral, el amor, la justicia y el trabajo ya no vienen dadas por una divinidad, sino por la constitución democrática de las leyes de la economía y el derecho burgués.
Dice Benjamin: La comprobación de esta estructura religiosa del capitalismo (que no es simplemente una construcción condicionada por la religión, como cree Weber, sino uno fenómeno esencialmente religioso) conduciría hoy, a una delirante polémica universal. (…) No es que el cristianismo de los tiempos de la Reforma favoreciera el surgimiento del capitalismo, sino que se transformó en el capitalismo3.
El utilitarismo, es un dogma invisible en el capital, que ritualiza a su paso cada trozo de tierra bajo las lógicas de la simbología mercantil. No es casual que nos resuene esto con una fuerza inusitada en la actualidad, donde cada movimiento y poro de la cultura parece amenazado por ese dios debordiano4 del espectáculo económico mercantil.
Sin embargo, lo perverso dentro de lo perverso de este estadio no-teológico es la negación del principio de expiación. Es decir, las religiones tienden a expiar la culpa; a dar el sentido de la realidad último a una dimensión trascendental, pero así, en la comprensión de una realidad absoluta que nos supera, nos pueden otorgar la expiación sobre nuestros actos. No obstante, el capitalismo es una religión que se niega a sí misma como teología, es un sistema que se naturaliza a través de la ideología. Esto lo hace inmisericorde. Todas sus leyes son naturales, irrevocables, terrenales e insuperables, pero además, sino te acatas a ellas, sino te sometes bajo su férreo dictamen, si pecas, solo encontrarás culpa, castigo y más culpa.
Benjamin de nuevo lo describe así: No existen los «días laborables», no hay jornada que no esté consagrada en el espantoso sentido del despliegue de toda la pompa sacra, de la afanosa lealtad del idólatra. Y, en tercer lugar, este culto culpabiliza, contrae una deuda insaldable con la culpa. Quizás el capitalismo sea el primer caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizador. Aquí, el sistema religioso se encuentra sumido en la caída de un movimiento descomunal. Una monstruosa e irredimible conciencia de culpa recurre al rito, no para encontrar la expiación, sino para universalizar esa culpa, para grabarla a fuego en la conciencia y, finalmente y sobre todo, para implicar a Dios mismo y acabar haciéndole partícipe de la expiación. Por tanto, la expiación no puede esperarse ni en el propio rito ni en una reforma de la religión, que debería poder aferrarse a algo estable en ella, ni siquiera en la renuncia a la misma. Es inherente a la esencia de este movimiento religioso -el capitalismo- resistir hasta el final, hasta la culpabilización total y definitiva de Dios, hasta el estado mundial de desesperación en el cual justamente todavía se tiene esperanza. Aquí radica la monstruosidad histórica del capitalismo: que la religión ya no consiste en una reforma del ser, sino en su aniquilación. La expansión de la desesperación hasta el punto de su conversión en el estado religioso mundial del cual cabría esperar la curación. La trascendencia de Dios ha caído. Pero no ha muerto, está incorporado en el destino de la humanidad5.
En consecuencia, tenemos siempre una sensación constante de deuda; en el capitalismo todos los días son sagrados y están sometidos a esas lógicas del dios del mercado, de la oferta y la demanda y demás imbecilidades religiosas del neoliberalismo que solo sirven para, día a día, someternos. Todo el que lea este texto, y el que no lo lea también, nunca será lo suficiente productivo, exitoso, rico, atractivo o competitivo, porque vive en un sistema religioso donde la falta es el único camino hacia la divinidad negada.
Con este panorama donde no hay redención y por tanto no hay salvación, es normal que busquemos refugio en las formas teológicas del pasado. No, no es casual el repunte de múltiples formas espirituales/religiosas a lo largo de la historia del capital; como la New Age6, o el rencuentro de Rosalía con la fe a través de Simone Weil7.
Es difícil aceptar el camino de la no-trascendentalidad, del no espíritu, de la muerte anunciada en nuestros genes, sin más. El mundo es maravilloso, inabarcable, misterioso, incomprensible en su totalidad. Siempre habrá hueco para la pregunta por el qué somos. Siempre habrá hueco para los interrogantes a los cuales la religión se preguntó antaño. Sin embargo, hacia ellos debemos caminar con la humildad y la responsabilidad de sabernos seres sociales, animales terrenales e históricos.
Los modelos religiosos que escuchaban el grito de la criatura oprimida para calmarla no sirven. Únicamente recuperando la historia y nuestra acción sobre ella podremos superar los dioses culpabilizadores del capital y entonces, también y solo quizá, con una mirada lúcida por primera vez en mucho tiempo, podamos contestar aquellas cuestiones que a este animal le acechan desde el brotar de su pensamiento.
Paradigma individualista es el término empleado por el francés. El individuo, sujeto cartesiano, pasa a ser el ente rector de la realidad. Esto supera a la trascendencia divina, nos permite tejer los cimientos de la democracia, pero acaba albergando en su interior un efecto trascendente, al otorgar una dimensión natural e ahistórica a las instituciones burguesas (jurídicas, políticas y económicas). Aquello de la ley de la oferta y la demanda que es presentado en las facultades de economía como si hablaran de la ley de la gravedad.
Benjamin Walter. Capitalismo como religión (2026). Editorial Seriecero.
Idem.
En referencia al pensamiento, teorías y legado del filósofo, cineasta y revolucionario francés Guy Debord. Su obra más famosa es La sociedad del espectáculo (1967), donde analiza cómo las relaciones sociales en el capitalismo han sido sustituidas por representaciones e imágenes traspasadas por la lógica publicitaria mercantil; siendo este el mayor efecto de significado sobre la hegemonía del capitalismo.
Idem.
El término Nueva era (en inglés: New age) se refiere a una serie de prácticas y creencias espirituales o religiosas que crecieron rápidamente en el mundo occidental durante la década de 1970.









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