El futuro no estaba cancelado
Hemos pasado años teorizando sobre el realismo capitalista y el horizonte de posibilidades revolucionarias. Es cierto que la atmósfera que Fisher describe en su icónico ensayo (Realismo capitalista ¿No hay alternativa?), era un retrato bastante objetivo de una situación de derrota más o menos generalizada de la clase trabajadora y sus organizaciones.
También es cierto que la lectura de su obra puede conducir (intencionado o no) hacia un inmovilismo. Quizá la aceptación sobre el inmovilismo como patrón sea más culpa de un mal lector de Fisher. Sin embargo, lo importante es que la atmósfera fisheriana de la cancelación del futuro ha imperado hasta estos últimos años.
No obstante, algo se rompe en las tesituras de la tensión colapsista del capitalismo. Mientras los gobiernos de extrema derecha avanzan casillas en su agenda fascista tardía, la clase trabajadora da pasos hacia una organización independiente del parlamentarismo burgués. Tampoco teníamos otra opción si queríamos sobrevivir a la hecatombe de violencia que se vierte sobre nosotres, aunque lo dicho no deja de ser una buena noticia.
En España, desde donde escribo estas líneas, un estallido social vinculado a la vivienda ha zarandeado las aguas de un capital fascistizado en alza. Los marcos ideológicos donde el debate público se mueve de manera preocupante empiezan a focalizarse exhaustivamente en ideas reaccionarias y deshumanizadoras, que intentan plantear un contexto de posibilidad cotidiana para que la violencia más atroz del estado pueda ser desatada sobre los cuerpos trabajadores, sobre todo migrantes, queer y otras disidencias.
Sin embargo, en España el estallido social por la vivienda ha roto, al menos en parte y temporalmente (veremos que ocurre en el futuro), este marco unidireccional construido en la irracionalidad, el odio y la pulsión fratricida. Además, lo interesante de lo descrito es la concreción de una evidencia: el realismo capitalista puede ser resquebrajado.
Una de las cosas que se pasan por alto cuando hablamos de la imposibilidad de superar al capitalismo es la cantidad de recursos que el capitalismo gasta en la producción cultural para que ese pensamiento sea hegemónico. Es decir, el capitalismo invierte un esfuerzo muy notable en mantener las condiciones culturales de su reproducción ideológica. El realismo capitalista, de hecho, es la atmósfera concreta que destila dicha condición.
Lo descrito nos guía por un ámbito demasiado opaco, que no es otro que la posibilidad de un cambio social estructural. A pesar de cómo operan en el capitalismo la hegemonía material (productiva) y la hegemonía cultural (reproductiva), los espectros de la revolución adelantan al ángel de la historia para volver a poner en el tablero las contradicciones del capitalismo. Ligado a esas contradicciones nos encontramos con la clase social y junto a ella la conciencia sobre la misma. Sin la conciencia de clase somos víctimas fáciles de la ingeniería cultural del capital (para ser endebles sobre ella se nos socializa). No obstante, si cobramos conciencia de nuestra condición histórica tenemos la oportunidad de poder mirar fuera del horizonte dibujable.
La revolución, por tanto, aparece de manera imprevista bajo los incontables cuerpos proletarios que resisten y se organizan cotidianamente. Los estallidos son pequeños flashes de la luz posible de la revolución, los cuales invitan a pensar más allá de nuestro sufrimiento cotidiano.
Vivimos tiempos oscuros. De colapso en muchos aspectos. Tiempos idóneos para enloquecer. Y quizá sea eso lo conveniente: enloquecer de rabia, transgredir todo aquello que nos conforma; superar el pacifismo liberal; superar la forma-valor; superar el horizonte de posibilidades culturalmente dibujado por el capital.
En esta época que viene, el miedo es y será un sentimiento habitual, pero bajo el miedo solo nos queda tomar agencia sobre lo que parece incontrolable.
Esa incontrolabilidad va ligada a la falta de agencia y a un proceso de individualización paulatino y exponencial. El individualismo no hay que entenderlo únicamente como un ámbito que nos ha convertido en radicales sujetos consumistas alienados; sino sobre todo en un reflejo directo de la despolitización y la implantación en nuestra subjetividad de una conciencia foránea. Esa conciencia no es otra que la burguesa, que opera en el cuerpo del trabajador como un ente externo. Sus efectos, de hecho, son considerados irracionales, tanto en cuanto conforma sujetos dóciles que incluso actúan en contra de sus propios intereses.
Deberíamos por tanto separar razón y conciencia. Pues la construcción de una razón burguesa genera una conciencia determinada, y lo mismo ocurre con una conciencia desde la clase trabajadora. Anteponer nuestra razón es el equivalente a imponernos en el espacio social sobre aquella estructura material-cultural que no nos deja desarrollar nuestro potencial organizativo.
El reto de nuestra época es mayúsculo, pasa por resistir a la violencia fascista, mientras planteamos una recuperación de nuestra conciencia de clase para, a su vez, organizarnos y construir un mundo diferente donde las categorías ahora usadas pierdan sentido. No será fácil, pero tampoco será como el realismo capitalista nos hizo creer durante años. Ahora, bajo los estallidos en España, Francia y todos los lugares donde el sujeto oprimido resiste, el eco imperecedero de que todo es posible se alza por encima de los demás.









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