LA CAVERNA DE PLATÓN: UNA ALEGORÍA SOBRE EL CONTROL SOCIAL

LA CAVERNA DE PLATÓN: UNA ALEGORÍA SOBRE EL CONTROL SOCIAL

Alegoría de la caverna, de Platón, grabado de Jan Saenredam (1604).


La sociedad hoy en día se ha vuelto altamente compleja, pues no solo tenemos que lidiar con la realidad material en un término platónico del «mundo sensible», sino que además convivimos con otra realidad paralela, una dimensión que se asemeja mucho a las descripciones también platónicas del mito de la caverna. En esta famosa alegoría de Platón, donde las personas están maniatadas contra la pared de una cueva mientras otros las manipulan con sombras y demás engaños, nos encontramos, hoy en día, la mayoría de ciudadanas y ciudadanos.

Y es que el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información, las redes sociales y la digitalización, ha conllevado un impacto tan trascendental en la sociedad que aún estamos midiendo las consecuencias de dichos procesos.

La revolución digital ha soltado una bomba nuclear de datos y material informativo, tanto de carácter audiovisual como escrito. No obstante, la forma, la calidad y la intención de esta información presenta una gran problemática. Es decir, somos la sociedad con más información a su alcance de la historia y, sin embargo, estamos muy desinformados, quizá más que hace décadas.

Carl Sagan afirmaba ya en la década de los 90 como éramos una sociedad que estaba evolucionando de manera técnico-científica a pasos agigantados. Sin embargo, el gran grueso de la población cada vez tenía menos conocimientos sobre ciencia. Pero Sagan no hablaba solo de saberes científicos como las matemáticas, la física o la biología, también nombrada otras disciplinas importantes como las ciencias sociales, el derecho, la economía o la propia filosofía.

Video perteneciente a la serie Merlí: la filosofía y la docencia es clave para combatir la desinformación y la falta de pensamiento crítico.

Respecto a lo planteado por Sagan, nos surgen varías cuestiones que tienen un interés más actual que nunca: ¿A cuántas personas se les da formación en los colegios para detectar bulos, información sesgada, anticientífica, discursos de odio, históricamente falsa, falacias y un largo etcétera? A muy pocas, por no decir a ninguna. El problema no sería tan grave, quizá, si los canales comunicativos transmitieran la realidad de manera ética y rigurosa, pero aquí llega otro gran apoyo hacia la desinformación; y es que las instituciones que nos informan tienen un gran problema con el código deontológico del periodismo. Con esto no quiero decir que no existan muchos periodistas honestos, pero valga la redundancia, siendo honestos de nuevo, el problema dentro del campo informativo frente a la cantidad de bulos y fake news que se crean de manera intencionada es como poco alarmante.

Así que nos encontramos en una tesitura de doble filo. Por un lado, a los ciudadanos se nos dota de pocas herramientas para afrontar y entender una realidad cada vez más interconectada y compleja. Por otra parte, las instituciones y ámbitos que se encargan de informar, paradójicamente, desinforman intencionadamente.


Vivimos en una sociedad donde la tergiversación está tan presente que la propia película Matrix ha sido apropiada por la ultraderecha, cuando su mensaje es anticapitalista y subversivo pero en sentido contrario. 

El derecho a la información ética, de calidad y contrastada, debería ser un factor que vertebre las sociedades democráticas. No obstante, existe una auténtica lucha por quien y como se emite la información hoy en día. En pocas palabras, quien tiene el control de los canales mediáticos (televisión, radio, redes sociales), también tiene un control sobre cómo se presenta la realidad, o al menos, como la percibimos los demás.

Es precisamente por este motivo, que, en la sociedad de la información, los ciudadanos y ciudadanas estamos más desinformados que nunca, pues, aunque nos encontramos en una sociedad hiperconectada, los grandes volúmenes de información están siendo manejados por los intereses económicos de las élites financieras.

Por tanto, en lugar de recibir una información objetiva para poder tomar decisiones colectivas coherentes, recibimos desinformación premeditada que busca satisfacer los intereses económicos de una minoría. Es decir, desinformar en favor de unos pocos colectivos y a través de lógicas basadas en intereses privados. Con esta tesitura se presenta un paradigma informativo antidemocrático. En cierta manera esto se logra a través de la generación y proliferación de bulos, además de no afrontar el problema político y social que este contexto representa.


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